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La lepra en la Casa de Dios

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Cuando nosotros hablamos de sectas nos estamos refiriendo a aquellas religiones totalmente contrarias al cristianismo, tales como el islam, el catolicismo romano, el adventismo, los Testigos de Jehová; aquellas religiones donde la doctrina es totalmente contraria al cristianismo bíblico; aquellas religiones que no tienen nada en común con lo que nosotros llamamos la Iglesia de Cristo.

Pero el tema a tratar en esta serie es diferente, porque como el mismo nombre lo dice, ‘apostasía’ se refiere a aquel cristianismo que dice ser bíblico, que dice ser trinitario, que dice creer en Jesucristo, que dice creer en la inspiración de las Escrituras, pero que se ha apartado del camino de la verdad. Es aquel cristianismo que ha sucumbido a ciertos vientos falsos de doctrinas. Ese será nuestro tema a tratar: Los vientos de error que inundan muchas iglesias cristianas en nuestra generación.

Una angustia por nuestra generación

Leamos un pasaje en 2ª de Corintios capítulo 11, verso 3: Dice Pablo, hablándoles a los corintios: “Pero temo…”, esa palabra ‘temo’ en el griego es ‘fobéo’, que significa atemorizarse o estar alarmado o estar asombrado. Dice: “Pero temo (o estoy asombrado o estoy alarmado) que como la serpiente con su astucia engañó a Eva, vuestros sentidos sean de alguna manera extraviados de la sincera fidelidad a Cristo.” Pablo se sentía alarmado de que los hermanos de la iglesia en Corinto, fueran llevados por Satanás, fueran engañados y perdieran su fidelidad a Cristo. Pablo tenía ese temor, esa alarma en su corazón, de que esto pasara a la iglesia.

Cuando miramos nuestro tiempo, nos damos cuenta de que esto ya no es simplemente un temor o una alarma; porque una cosa es cuando tú ves al ladrón de lejos, tú te asustas, te alarmas, eso era lo que Pablo veía, que de alguna manera Satanás podía llegar a la iglesia y engañarla. Pero en nuestros tiempos no vemos al ladrón de lejos; en nuestros tiempos vemos que el ladrón ya se ha metido en la casa. En nuestros tiempos vemos que el ladrón ya ha usurpado, ya ha engañado, ya ha distorsionado terriblemente la verdad. Entonces ya no es una alarma de algo que viene, sino una alarma de algo que está sucediendo. Y es visible, palpable, angustiante y decepcionante. Cada vez que nos acercamos a examinar lo que hoy en día se llama cristianismo, mucho de ello ha caído en gran ruina. Muchas de las personas por las cuales murió Cristo, que han sido salvadas por su sangre, hoy están siendo verdaderamente engañadas.

Tal vez no exista una generación de cristianos más engañada, más extraviada y más ajena a la verdad que la nuestra. Tenemos multitud de predicadores, congregaciones, movimientos, ministerios, que han sido totalmente corrompidos. La iglesia en nuestros días se está degradando en doctrinas que Satanás ha introducido sutilmente. Han sido puestos velos para cegar al pueblo de Dios. Caminos torcidos han apartado los pies del pueblo.

Cada cristiano, un atalaya


Y nosotros somos llamados a alzar la voz. Hemos sido involucrados, voluntaria o involuntariamente, en una guerra que atañe a la verdad en contra del error. Y lo mínimo que podemos hacer es alzar nuestra voz como trompeta para hacer sonar la alarma en medio del pueblo de Dios. Debemos tomar nuestra espada, alzar nuestro escudo y prepararnos para la batalla que está viviendo la Iglesia. La verdad deber ser predicada, conocida y defendida.

La Iglesia debe ser confrontada, exhortada, para volver a la sincera fidelidad a Cristo. Los profetas de Baal hoy en día deben ser avergonzados y expuestos delante del pueblo de Dios, y el pueblo debe ser llamado a seguir a Dios si verdaderamente cree en Él, o si no, que siga a Balaam, si ese es su dios. Muchos deben ser alertados, apercibidos y despertados. Debemos cortar las cadenas del engaño que existen en medio del pueblo de Dios. Y esa es nuestra carga. Entonces vamos a usar la trompeta de Dios para hacer sonar la alarma en la Casa, de modo que muchas de esas falsas doctrinas sean expuestas a la luz de la verdad.

Miren lo que dice Hebreos 4, verso 12. El autor de la carta a los Hebreos nos da la Palabra como el mejor instrumento, el más eficaz, más vivo, más veraz, para esta obra. Hebreos 4, verso 12: “Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón. Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta.”

Deseamos que el filo de la Palabra de Dios pueda cortar, pueda desenmascarar, pueda exponer a la luz, pueda sacar, delante de nuestros ojos, las grandes mentiras de Satanás, con las cuales ha engañado al pueblo de Dios con toda falsificación diabólica; porque hoy tenemos un cristianismo falsificado, un cristianismo lleno de mentiras, un cristianismo que es una imitación, muchas veces una imitación barata y corrupta. Y por eso, la Palabra no trata el asunto por encima, sino que penetra hasta lo más profundo, y nos muestra qué es de Dios y qué no es de Dios.
La figura de lepra en la Casa de Dios

Vamos a usar una figura del Antiguo Testamento que se halla en Levítico 14, una figura muy interesante que nos dejó Dios en las Escrituras. Vemos que en el capítulo 13 se encuentra la Ley de la lepra. La lepra es figura o sinónimo de pecado, figura de corrupción, figura de perversión. Encontramos la lepra en varios aspectos, pero, para no hacerlo tan largo, simplemente queremos usar la figura de la lepra en la casa, porque estamos hablando de la Casa de Dios y de cosas que han sido introducidas en medio de Ella. Pero a través de la lectura vamos a darnos cuenta de que muchas de estas cosas fueron introducidas por personas que ni siquiera eran creyentes, pero están en medio de la Casa de Dios, y han influenciado allí a muchos.

Pablo, en Efesios, habla de que los niños fluctuantes se dejan llevar por todo viento de doctrina; “…para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error…” (Ef.4:14). Son cristianos, son hijos de Dios, pero en su falta de madurez, en su falta de discernimiento, en su falta de un claro sentido espiritual, cuando viene un viento, se dejan llevar. Pero acá la figura no es la del viento arrastrando algo, sino la figura que vamos a estudiar es la de la lepra corrompiendo la casa.

Buscando al Sacerdote para que examine el asunto

Y veremos un principio que nos va a servir para tratar con las cosas que vamos a comenzar a estudiar. Como les dije, hoy sólo es la introducción, pero vamos a ver este principio ¿Cuál es el principio? Cuando había lepra en una casa, los dueños de la casa debían traer al sacerdote a dicha casa, y el sacerdote debía examinarla, y ver si en ella había lepra. Eso es lo que nosotros pretendemos hacer con nuestra serie. No queremos sacar juicios a priori, es decir, a la primera, sino que nos vamos a volver al Sacerdote, a Cristo mismo, y a la misma Palabra de Cristo, para examinar la Casa de Dios y para examinar si las cosas que hoy en día se han vuelto tan comunes, son manchas de lepra o no, ¿o qué cosa es? Y qué debemos hacer con ese tipo de cosas tan comunes en nuestra época.

Por eso vamos a usar hoy la figura del sacerdote y la lepra en la casa. Levítico 14, leamos desde el 33, donde comienza el asunto de la lepra en la casa; en este caso, se refería a la casa de un judío. Pero ahora vamos a hablar de la lepra (usando esta figura) en la Casa del mismo Señor.

Levítico 14, desde el verso 33, dice: “Habló también Jehová a Moisés y a Aarón, diciendo…” ¿Por qué dice ‘también’? Porque venía hablando de la lepra en otros aspectos personales: lepra en la ropa, lepra en la barba, lepra en el cabello; porque hay muchos tipos de cosas que contaminan la vida: los pecados personales, el pecado ministerial, lo que nos ponemos, las cosas del mundo; sí, son muchos asuntos, pero hoy no vamos a tratar esos, sino que vamos a tratar la lepra en la casa, los asuntos que han manchado, los asuntos que son manchas en la casa de Dios. Y dice: “Cuando hayáis entrado en la tierra de Canaán, la cual yo os doy en posesión, si pusiere yo plaga de lepra en alguna casa de la tierra de vuestra posesión, vendrá aquel de quien fuere la casa y dará aviso al sacerdote, diciendo: Algo como plaga ha aparecido en mi casa.” Cuando el israelita miraba y si veía algo extraño, algo peligroso en su casa, él debería alarmarse.

Como muchos de nosotros no conocemos las raíces de nuestra fe, ignoramos algunas cosas. Por lo menos en Latinoamérica, el Evangelio que hemos recibido ha sido muy distorsionado, llegó en muchos casos ya corrompido, y así creció y prosperó. No es el cristianismo primitivo de la Iglesia, no es el cristianismo de los apóstoles, porque cuando el cristianismo surgió, lo hizo de una manera muy pura. No es el cristianismo de la Reforma que comenzó a purificarse y a trabajar en pro de la verdad. No es el cristianismo de esos misioneros que entregaban sus vidas por Cristo y llevaban un Evangelio puro ¡No! En Latinoamérica, los predicadores y misioneros que trajeron el Evangelio en muchos casos ya traían la semilla corrompida.

Y así ha crecido dando muchos frutos, pero frutos agrios, silvestres, frutos poco deseables para Cristo, frutos corruptos. Entonces, mucho de lo que conocemos como “cristianismo” nos ha llegado de manera anormal, y esas corrupciones son comunes para muchos, y aún eran tenidas como normales. ¡Y esto es terrible! Porque no es un asunto de que venimos de una normalidad a caer en algo que es extraño, sino el asunto es que muchos de nosotros conocimos al Señor en lugares donde cosas extrañas eran comunes o “normales”. Es más, muchas de las cosas que vamos a hablar, que vamos a denunciar, son cosas en las cuales nosotros participábamos y estábamos involucrados en ellas de una manera activa o pasiva; a veces nos involucrábamos trabajando, o a veces no, pero pasaban a mi lado, y yo participaba, y muchas veces eso era común para mí.

Notando las manchas en la casa

Pero hubo un momento en el cual comenzamos a notar que ciertas manchas eran extrañas, que no eran comunes, que no correspondían a la Escritura, ni a Cristo; empezamos a notarlo. Y Dios comenzó a despertar nuestras conciencias con Su Palabra, y empezamos a ver lo que antes no veíamos. Como si la casa estuviera con la luz apagada, pero en la medida que la luz se fue encendiendo, comenzamos a ver, y a decir: “¡Oye, pero esto no está en la Palabra! ¡Y tan raro ese color, ese no es el color de Cristo!” Y empezamos a preguntarnos: “¿Qué está pasando aquí?” Eso era lo que le sucedía al israelita con la lepra en su casa.

Y mira lo que sigue diciendo ahí en el 36: “…vendrá aquel de quien fuere la casa y dará aviso al sacerdote…” Nosotros sabemos que en nuestro tiempo el Sumo Sacerdote es Jesucristo. Y a Él debemos venir y decir: “¡Señor, esto es algo muy extraño!” Hermanos, debemos saber que nosotros tenemos Uno que no duerme, que vigila, que escucha y responde. Uno que vigila y que camina entre las iglesias, y dice: “Yo conozco…” A veces nosotros no conocemos, pero el Señor sí conoce todas las situaciones en Su Iglesia. Él conoce el nicolaísmo, las falsas doctrinas, la idolatría, la doctrina de Balaam. Él conoce todas las situaciones de la Iglesia.

En estos días me escribió una hermana. Una mujer que creció en el Adventismo del Séptimo Día, y llegó un momento en el cual ella comenzó a sentirse incómoda; y cuenta ella en el correo que dijo: “¡Señor, yo siento que esto está como extraño! Yo no le voy a preguntar a Fulanito, ni a Zutanito, sino que yo quiero que Tú me hables si yo estoy caminando en la verdad o en el error, Señor. Me voy a apartar, voy a orar. Yo quiero que Tú me hables por Tu Palabra, por Tu Espíritu. Tú me puedes mostrar.” Con el tiempo, ella misma me dijo: “Hermano, ya me di cuenta, y ya no soy de la Iglesia Adventista. Ahora soy cristiana.” El mismo Señor le habló y comenzó a mostrarle muchas cosas. El Adventismo ni siquiera es apostasía, es una secta.

Entonces, cuando comenzamos a ver estas cosas, ¿qué debemos hacer? Debemos volvernos a la Palabra, debemos examinar juntos las cosas dichas por el Señor, debemos invocar el nombre del Señor, ir al Sacerdote, solo Él conoce todas las cosas, solo Él nos puede mostrar. Porque también puede ser (y ahora lo vamos a ver) que la mancha no sea lepra. Cuando tú miras los libros que se han escrito sobre sectas y falsas doctrinas, a veces incluyen movimientos que no eran sectas, sino que eran movimientos genuinos del Espíritu Santo, y muchos hermanos los incluyen entre las sectas ¿Por qué? Porque nunca entraron a examinarlos si eran sectas o no lo eran. Hay cosas que sí son lepra, pero hay cosas que no lo son. Entonces, ¿qué vamos a hacer? Vamos a ir al Señor, y vamos a probarlos.

Tal vez usted llegue aquí, y vea esto como raro, pero cuando comienza a examinarlo se da cuenta de que no es lepra, sino lo que el Señor quiere; o tal vez usted está en algo que a usted le parece bien, pero cuando lo examina por la Palabra se da cuenta de que es pura lepra. Todo debe ser examinado ¡Enfáticamente todo! Todo movimiento, toda iglesia, todo ministerio, todo lo que surge en nuestra época puede y tiene que ser examinado y escudriñado por las Escrituras; como hemos dicho, no hay nada infalible. La Biblia nos muestra que nosotros nos podemos descarriar en cualquier momento. Entonces, todo es escudriñable. El Señor mismo nos aclarará si es de Él o si no es de Él, pero hay que invocar, hay que traer al Sacerdote, hay que volver a las Escrituras, hay que pedirle al Señor que nos muestre. No hay nada infalible, sólo la Biblia. No hay nada que tengamos que seguir a ciegas. Hoy en día, ninguna iglesia puede seguirse a ciegas, ningún pastor, ningún líder ¡Nada! Tienes que examinarlo todo a la luz de la Palabra. El Señor nos llama constantemente a examinarlo todo: “Examinadlo todo; retened lo bueno” (1Ts.5:21).

Y dice: “…y dará aviso al sacerdote, diciendo: Algo como plaga ha aparecido en mi casa.” Él no está seguro, pero para eso trae al sacerdote. A veces nosotros no estamos seguros, pero para eso tenemos un Sumo Sacerdote, a Cristo, para acudir a Él. “Entonces el sacerdote mandará desocupar la casa antes que entre a mirar la plaga, para que no sea contaminado todo lo que estuviere en la casa; y después el sacerdote entrará a examinarla.”

Examinando la plaga de la lepra en la Casa

Entonces el sacerdote lo primero que hacía era mandar a sacar todas las cosas de la casa, y claro, eso le iba a permitir tener una perspectiva completa del lugar para poder examinarlo. Y mira lo que dice el 37: “Y examinará la plaga…” “¡Oye, hermano, yo he escuchado que en tal lugar están enseñando tales cosas! Está habiendo ciertas manifestaciones. En los cultos están pasando ciertas cosas, y muchos de ellos están gritando allá adentro: “¡Avivamiento! ¡Avivamiento!” ¿Será que es avivamiento?” Vamos a examinarlo ¿Qué dice la Palabra acerca de ciertas manifestaciones? ¿Qué dice la Palabra acerca de ciertas doctrinas? ¿Qué dice la Palabra acerca de esto que está pasando? Vamos a examinarlo. Porque con lo que vamos a entrar a estudiar, nos vamos a dar cuenta, por la misma Palabra, de que hay muchas cosas que son de Dios, pero también hay muchas cosas que son falsas. Entonces vamos a examinarlas.

Y mira lo que dice: “…y si se vieren manchas en las paredes de la casa, manchas verdosas o rojizas, las cuales parecieren más profundas que la superficie de la pared,  el sacerdote saldrá de la casa a la puerta de ella, y cerrará la casa por siete días.” Entonces cuando el sacerdote comienza a examinar, si ve en la casa ciertas manchas, ¿qué es lo primero que debe hacer el sacerdote? Salir de la casa. Muchas veces nosotros queremos arreglar la casa estando adentro, pero si yo me quedo dentro de la casa, como la lepra es contagiosa, hay riesgo de que yo me contamine. Entonces yo debo salir y debo examinar. Esa palabra ‘manchas’ es una palabra que tú encuentras también en el Nuevo Testamento. Vamos a leer dos pasajes donde se le menciona, y vamos a ver a qué se está refiriendo.

Las manchas: Personas, pecados y falsas doctrinas


El primer pasaje es 2ª de Pedro 2, verso 13. La 2ª carta de Pedro, así como la epístola de Judas, tienen como carga espiritual denunciar la apostasía, los falsos profetas y ciertas cosas que estaban sucediendo ya en el tiempo de la Iglesia primitiva, y eran peligros que los apóstoles veían. Hay ciertos libros que tienen cierto énfasis. Esta carta, 2ª de Pedro, tiene el énfasis de denunciar los falsos profetas, los falsos ministros, porque muchas manchas nos hablan de personas; personas que enseñan y que practican ciertas cosas, y que están corrompiendo a otras. Eso es lo que pasa. Muchos vientos de doctrina claramente son espíritus de error que Satanás ha enviado para destruir la Casa de Dios; pero esos espíritus no llegan al aire, sino que toman personas; esos espíritus guían personas, e introducen personas en medio de la Casa de Dios. Cuando lo estemos estudiando, nos vamos a dar cuenta de que muchas doctrinas y muchos vientos tú los puedes remontar a ciertas personas, a cierta época y a cierto contexto. Hay personas que estaban en la metafísica, en el gnosticismo, en el ocultismo, y tuvieron una aparente conversión a Cristo, pero en vez de venir a recibir lo de Cristo, trajeron la metafísica, trajeron el ocultismo y trajeron ciertas prácticas que en nuestros días son comunes; pero ya no se llaman así, ni metafísica, ni gnosticismo, se les llama de otra manera. Usted se va a sorprender de la manera cómo se les llama hoy en día, pero eso surgió con personas.

Como ustedes saben, porque ya lo hemos dicho, la Casa de Dios no es un edificio, sino la Casa de Dios somos personas. Y muchas veces Satanás usa y engaña a las personas, las introduce en la Casa de Dios, y esas personas sutilmente introducen ciertas doctrinas; esas personas llegan a ser manchas en la Casa de Dios. Por eso, no se escandalicen si en algún momento comenzamos a nombrar personas, porque muchas de las manchas en la Casa de Dios han surgido con nombres propios, movimientos y énfasis.

2ª de Pedro 2:13 al 22, hablando de los falsos, es decir, de cierto tipo de personas que estaban en medio de los hermanos, dice en el verso 13: “…recibiendo el galardón de su injusticia, ya que tienen por delicia el gozar de deleites cada día.” Ya comienza a mostrarnos el color verdoso. Este es el color de un cristianismo apóstata, es distintivo de un cristianismo que se goza en los deleites diarios. Es un cristianismo que vive para las cosas temporales, que hace énfasis en las cosas terrenales. “Estos (este tipo de personas) son inmundicias y manchas (este es el lenguaje que está usando Levítico, lepra manchada), quienes aún mientras comen con vosotros…”, Pedro nos dice que ese tipo de lepra son personas que están entre nosotros. Claro, cuando hablamos de apostasía no estamos hablando de que todos los que están en esos movimientos sean falsos hermanos, pero sí decimos que muchos son “niños” y se han dejado llevar por personas que sí son falsas “…y manchas, quienes aún mientras comen con vosotros, se recrean en sus errores.” Se recrean podría traducirse se divierten, se gozan en sus errores, o aún puede decirse como ‘irse de juerga’; o sea que andan en sus errores, pero eso para ellos es causa de alegría. Y cuando entremos a estudiarlos, nos daremos cuenta de que muchos de esos falsos ministros tienen la característica de ser burlones ¿Usted ha visto a algunos que son burladores? Que se gozan, son como irónicos, se burlan de quienes los contradicen, como si se rieran de lo que enseñan; ese espíritu burlón, como el de un payaso, El Yóker ¿Sí lo han visto? Ese espíritu de burla en el predicador, quien está en el error, se goza del error y, en medio de su predicación, alardea del error.

Mira lo que dice en el 14, y ahí vemos que la lepra es profunda: “Tienen los ojos llenos de adulterio…”, o sea, no es sólo tener ciertas conductas, tener ciertas doctrinas, sino que éstas están relacionadas con mucha frecuencia con conductas pecaminosas; “…no se sacian de pecar…”, eso es lo que dice Levítico más adelante, que la lepra empieza pequeña, pero si es lepra inmunda tiende a extenderse, tiende a crecer; y eso es lo que dice acá, “…seducen a las almas inconstantes…”, o sea que la lepra tiene la facilidad de extenderse en los que son inconstantes ¡Qué tremendo! La mayoría de cristianos involucrados en esto son el resultado de la falta de responsabilidad personal ¿Acaso no todos tenemos la Biblia? ¿Acaso no todos podemos estudiar y examinarlo todo? Pero la falta de constancia, la falta de consagración, la falta de lectura de la Biblia, la falta de discernimiento, nos hacen presa fácil del error. El hermano que es inconstante es la presa preferida del maligno.

Me acuerdo de un querido hermano con el que militamos en la fe (y hablaba en estos días con mi esposa sobre él), y ahora le escucho hablar de una enseñanza tan espuria. La inconstancia puede matar nuestras almas. Cuando una persona es inconstante y sin compromiso con la verdad, es una presa fácil del error ¡El Señor nos guarde! “…tienen el corazón habituado a la codicia…”, y este es uno de los grandes males: el amor al dinero. Este enemigo tiene muchos muertos en su lista, a muchos ha destruido, a muchos ha apartado de la fidelidad a Cristo.

La tentación de la codicia

El Señor Jesús no había comenzado a predicar cuando se le apareció el diablo, tentándole: “Todo esto te daré, si postrado me adorares…” (Mt.4:9). Muchos hermanos, al comenzar en el ministerio, viene Satanás con la oferta del dinero, la fama, las riquezas. Y muchos se han torcido. Tú lo notas, es una generalidad, no todos, pero sí es una generalidad, donde hay mucho dinero, hay apostasía, donde hay falsos vientos de doctrina, hay bastantes recursos ¡Es un misterio! ¡Es algo extraño! Es como si el diablo promoviera estos movimientos con dinero, con grandes lugares, lugares ostentosos, pastores con grandes sumas de dinero, con grandes casas, viajando en aviones privados. Cuando comencemos a ver, tú vas a notar que la apostasía está acompañada de esto. Esta es la cereza del pastel. Es muy poco el apóstata “quebrado económicamente”; generalmente, son muy prósperos. Miramos la lista de los pastores más ricos a nivel mundial, y de esos no se saca uno que predique la verdad, ¡Ni uno! Esa es una generalidad en el ejército de Satanás.

Y mira esta expresión: “…y son hijos de maldición. Han dejado el camino recto, y se han extraviado siguiendo el camino de Balaam hijo de Beor, el cual amó el premio de la maldad, y fue reprendido por su iniquidad; pues una muda bestia de carga, hablando con voz de hombre, refrenó la locura del profeta.” Hoy, el cristianismo está tan podrido, que hasta el incrédulo se da cuenta de lo que ellos están haciendo, cómo negocian con la fe, cómo abusan de los fieles, cómo se enriquecen. Hasta los burros se dan cuenta de que los profetas están siguiendo un camino extraviado ¡Y muchos cristianos no lo saben! He hablado con personas que no son creyentes, y tienen más discernimiento que muchos creyentes que van a la iglesia desde hace quince años.

Y dice el 17: “Estos son fuentes sin agua (o sea, no hay vida), y nubes empujadas por la tormenta…”; es decir, son personas que se dejan llevar fácilmente; y ustedes saben que detrás de la tormenta que viene contra la Casa hay un espíritu de engaño, Satanás; “…para los cuales la más densa oscuridad está reservada para siempre.” Estos ni siquiera eran creyentes. Hoy en día, el cristianismo está lleno de muchos líderes que ni siquiera son personas nacidas de nuevo.

Y dice: “Pues hablando palabras infladas y vanas (esos son los vientos de doctrina que vamos a estudiar), seducen con concupiscencias de la carne y disoluciones…” ¿Cómo seducen? Con los deseos carnales de las personas. A la gente le gusta que le ofrezcan cosas interesantes para su carne: “¿Deseas ser exitoso, deseas prosperar, deseas un mejor carro, deseas una linda esposa?” ¿Qué deseas? Allí te lo ofrecerán, y te comienzan a inflar con cosas que desean los hombres, pero en su carne. Entonces el cristiano ya no sigue al Señor, sino que comienza a seguir los deseos de su corazón; “…a los que verdaderamente habían huido de los que viven en error.” O sea, personas que verdaderamente sí habían conocido al Señor. “Les prometen libertad…”, hasta hoy en día hablan de “libertad financiera, libertad económica y prosperidad ¡Y este es el año de la bendición!” Y sin darse cuenta los están esclavizando, los están engañando y los están apartando del camino ¡Qué cosa terrible! “…y son ellos mismos esclavos de corrupción. Porque el que es vencido por alguno es hecho esclavo del que lo venció. Ciertamente, si habiéndose ellos escapado de las contaminaciones del mundo, por el conocimiento del Señor y Salvador Jesucristo, enredándose otra vez en ellas son vencidos, su postrer estado viene a ser peor que el primero.” Personas que queriendo seguir, caen en enredos, que las llevan a peores cosas. “Porque mejor les hubiera sido no haber conocido el camino de la justicia, que después de haberlo conocido, volverse atrás del santo mandamiento que les fue dado. Pero les ha acontecido lo del verdadero proverbio: El perro vuelve a su vómito, y la puerca lavada a revolcarse en el cieno.”

Estas personas que manchan, que contaminan, que destruyen, son el tipo de cosas que, en el Antiguo Testamento, el sacerdote debía ver en la casa; esas son las manchas de lepra. Entonces, el sacerdote, cuando ve eso en la casa, debe comenzar a mirar; y eso es lo que nosotros vamos a hacer. Vamos a examinar esas cosas que son lepra, y de qué manera comenzaron a aparecer ¿Con qué nombres, con qué movimientos, con qué énfasis han comenzado a surgir en la Casa de Dios?

El Señor llama desde afuera

Volvamos a Levítico 14. El Señor dice que Él viene por una Iglesia sin mancha y sin arruga, una Iglesia que no tenga lepra, que no tenga falsos pastores, que no tenga falsos ministros, que no tenga falsas doctrinas, ni inmundicias. Dice Levítico 14:38: “…el sacerdote saldrá de la casa a la puerta de ella…” ¡Qué cosa tremenda! ¿No le recuerda esta expresión a una que se halla en Apocalipsis 3:20? “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo.” El Señor está a la puerta, es decir, Él todavía la considera Su Casa. Él no se va, porque el Señor ama Su Casa, el Señor ama Su Iglesia, ama sus hijos; y Él sale, pero no se va ¡Gracias al Señor! ¡Se queda en la puerta! Y dice Apocalipsis que Él golpea y llama para ver si alguno oye su voz ¿Por qué creen que el Señor no está dentro de la iglesia en Laodicea? Porque la iglesia en Laodicea se ha corrompido. Está tan corrompida que el Sacerdote no puede estar dentro ¡Tiene que salir! Entonces, muchas veces Cristo está fuera de mucho de lo que nosotros llamamos cristianismo, porque es un cristianismo lleno de lepra. Pero miren lo precioso: Él está fuera, pero Él llama ¡Eso es precioso! ¿No les parece? Porque si fuéramos nosotros, muchas veces acabaríamos de una vez por todas con todo, renunciaríamos. Pero el Señor es perseverante y Él ama a su pueblo. Él se hace a la puerta. Pero mira lo que pasa: “…el sacerdote saldrá de la casa a la puerta de ella, y cerrará la casa por siete días.”

Siete días: un período de prueba y humillación

¿De qué nos hablan esos siete días? Hay una experiencia de Moisés con Aarón y María, que nos habla un poco de esos siete días. Vamos a leerla en Números 12, desde el verso 9, la experiencia de los siete días cuando hay lepra. Entonces, yo me reúno en un lugar, y estoy caminando con el Señor en ese lugar; pero comienzo a ver las manchas, llamo al Sacerdote, y Él comienza a mostrarme que hay lepra ¿Qué debe hacer un hermano?  A veces somos muy ligeros con los asuntos, de eso nos habla esta experiencia, Números 12, desde el verso 9. Es aquella situación cuando Aarón y María murmuran contra Moisés. Entonces el Señor los trae, y desde ahí vamos a leer: “Entonces la ira de Jehová se encendió contra ellos; y se fue.” Otra vez sale el Señor, porque hay cosas que apartan la presencia del Señor de en medio de su pueblo. Él es omnisciente, es decir, Él en su esencia está en todo lugar, todo lo ve, todo lo oye, todo lo escudriña, pero hay una cosa que se llama su manifestación. Él está en todo lugar, pero hay lugares que Él no aprueba y no se manifiesta en ellos: no está su vida, no está su gloria, no está Su Palabra, no está Su presencia; o sea, Él no está, Él se aleja de ese lugar.

¿Qué cosas pueden apartar Su presencia manifiesta en su pueblo? Hay cosas abominables, tan abominables como el orgullo. La Escritura dice que al orgulloso, Él lo echa fuera. Podemos ver el caso de Saúl, a quien el Señor le dijo: “El reino ha sido quitado de ti. Mi presencia, Saúl, ya no estará más en tu reino.” Pero Saúl llegó a reinar durante cuarenta años. ¡Qué cosa terrible! ¡Cuántas iglesias, cuántos pastores, cuántos ministerios han estado trabajando sin la presencia de Dios, sin la gloria de Dios, sin la Palabra de Dios, sin la manifestación genuina del Espíritu Santo! ¡Cuántos “Saúl” están reinando hoy en día sin que Dios esté involucrado! Puede haber un gran lugar, buena música, un gran púlpito, un predicador con corbata y, sin embargo, Dios no está ahí; y el lugar puede ir creciendo y creciendo; el hecho de que las cosas crezcan no quiere decir que sean de Dios ¡La lepra también crece!

Hoy en día el Islam es la religión mundial más grande, con más convertidos al año, y es una religión que en su esencia es diabólica; examínala y verás. Y sin embargo, crece, crece, y crece; nadie sabe cómo detenerla. El hecho de que las cosas crezcan no quiere decir que sean de Dios.

Sigamos leyendo para ver el significado de los siete días, “Y la nube se apartó del tabernáculo (la presencia de Dios ya no estaba en el tabernáculo), y he aquí que María estaba leprosa como la nieve…” Moisés, Aarón y María representan a aquel grupo de hermanos que presiden, que trabajan, que sirven, que son prominentes. Cuando tú comienzas a ver el pecado en quienes no debería haber pecado, por ejemplo, cuando se ve el adulterio en el predicador, es un asunto terrible, porque él es el que representa a Cristo. Cuando se ve el odio, la carne, la codicia, en los que presiden, es un asunto muy terrible. Ayer vi una noticia sobre un pastor que mató a una “pastora” porque se le llevó las ovejas de la congregación ¿Puedes creer hasta qué punto se puede llegar? Esa es la lepra, la lepra visible, visible en el liderazgo, visible en el ministerio.

Entonces mira lo que pasó con María: “…y he aquí que María estaba leprosa como la nieve; y miró Aarón a María, y he aquí que estaba leprosa.  Y dijo Aarón a Moisés: ¡Ah! señor mío, no pongas ahora sobre nosotros este pecado; porque locamente hemos actuado, y hemos pecado. No quede ella ahora como el que nace muerto, que al salir del vientre de su madre, tiene ya medio consumida su carne. Entonces Moisés clamó a Jehová, diciendo: Te ruego, oh Dios…”, y de esto nos hablan los siete días, mira como dijo Moisés: “…que la sanes ahora.”

A veces creemos que ciertos asuntos cambian de la noche a la mañana, así como decir: “¡Ya!” “Señor, estos hermanos estaban en una falsa doctrina, estaban en lo falso, pero ya se volvieron a Ti, Señor; sánalos ya, ahora, úsalos ahora, restáuralos ahora.” Y a veces Dios no hace eso tan fácilmente. Dios trabaja progresivamente. Y por eso leemos: “Respondió Jehová a Moisés: Pues si su padre hubiera escupido en su rostro, ¿no se avergonzaría por siete días?” O sea, que para que haya un proceso verdadero de sanidad debe haber humillación, arrepentimiento, una confesión: “Hermanos, yo llevo tantos años reuniéndome, y me di cuenta que donde me estaba reuniendo, estaban predicando pura “basura” ¡Qué vergüenza con el Señor! ¿Cómo pude participar en eso? ¿Cómo pude ofrendar en eso? ¿Cómo pude trabajar y cooperar en eso, hermanos? ¿Por qué yo estaba tan ciego? ¡Perdóname, Señor! ¡Límpiame de toda mi lepra, de todo aquello que traigo contaminado, Señor! ¡Quita aquello con que yo haya manchado mi cuerpo, mis vestiduras, eso que no es tuyo, Señor! ¡Cuántas veces yo debí haber hablado, yo debí haber dicho y, en vez de eso, participé de ciertas cosas, Señor! ¡Perdóname!”

Pongamos un ejemplo: Va un carro lleno de pandilleros; sale uno de ellos y va a robar a alguien, le dispara, sube al carro, y sale en él; así los otros no hayan sacado el arma, ni hayan disparado, sino simplemente por haber estado ahí, y por no haberlo denunciado, ¿qué son? Cómplices. Hermanos, ¡cuántos de una manera pasiva hoy son cómplices de la destrucción del cristianismo! ¡Cuántos debieron haberse parado, y debieron haber gritado: “Eso es inmundo!” ¡No! Participó y participó, y luego: “¡Señor, ya, ya!” Y a veces el Señor quiere que nos humillemos, que pidamos perdón, que le roguemos que nos muestre la verdad, que nos sane, que nos libre de todas esas cosas que son manchas. Los siete días hablan de eso, de arrepentimiento y purificación.

Entonces dice: “… ¿no se avergonzaría por siete días? Sea echada fuera del campamento por siete días, y después volverá a la congregación.” Cuando alguien llega de un contexto de falsos vientos de doctrina, sin haber un tiempo de purificación, tú lo escuchas predicar, y tú notas la lepra todavía en su boca. Debe haber un proceso de limpieza, de restauración, de libertad de todas esas cosas. ¡Hay hermanos que hasta cuando están orando se les nota la lepra!

Dice el Señor: “Sea echada fuera del campamento (el Señor no la desecha)  por siete días (ese es el tiempo de purificación), y después volverá a la congregación” ¡Gracias al Señor! Porque el sacerdote cierra la casa por siete días, pero luego la vuelve a mirar cómo va. “Así María fue echada del campamento siete días…”; pero mira esta expresión, hermano: “…y el pueblo no pasó adelante hasta que se reunió María con ellos.” O sea que el avance espiritual de la Casa de Dios está muy relacionado con la sanidad y la restauración de sus miembros. ¡Qué asunto tan importante! ¿No les parece? Queremos que la iglesia crezca, pero primero la iglesia tiene que ser sanada y restaurada para poder crecer, y eso nos involucra a cada uno de nosotros. En la medida que el Señor nos sana, nos limpia de la lepra y nos restaura, de esa misma manera el campamento sigue avanzando. Muchos de los problemas del estancamiento que tenemos hoy en día es que a veces muchos de nosotros estamos todavía leprosos ¿Sí notamos de qué nos hablan los siete días? De restauración, de sanar la lepra, de humillación, de un tiempo de vergüenza. Tal vez hemos estado en cosas así, pero cuando la persona se humilla, el Señor la restaura. Conozco unos predicadores tremendos que denuncian, que exponen estas cosas, y muchos de ellos surgieron de sitios totalmente leprosos ¡El Señor los sacó de ahí, les limpió la lepra y los sanó! Y hoy en día están siendo usados por Él.

Un peligro real: La lepra puede extenderse

Volvamos otra vez a Levítico. Mira lo que dice en el capítulo 14. Un problema que puede pasar es que después de cumplidos los siete días, en vez de ser corregido el pecado, éste crezca. Vamos a leerlo en el 14:39: “Y al séptimo día volverá el sacerdote, y la examinará; y si la plaga se hubiere extendido en las paredes de la casa…”, o sea, en vez de menguar, de quedarse quieta, comienza a crecer, “… entonces mandará el sacerdote, y arrancarán las piedras en que estuviere la plaga, y las echarán fuera de la ciudad en lugar inmundo.” Si un predicador falso, después que se le explican las cosas, sigue predicando sus falsedades, ¿qué se debe hacer con él? El Señor dice que después de hablarle a una persona dos o tres veces, y no entiende, y persiste en sus falsas enseñanzas, sea tenido como impuro (Mt.18:16-17). O sea, si yo oigo a un predicador que está enseñando cosas falsas, tal vez él no sabe, lo exhortamos, se le habla, y sigue predicando cosas falsas, se lleva a testigos, y si aún no se arrepiente, después se lleva a la iglesia, y si aún no se arrepiente, ya es una persona que debería estar fuera de la Casa de Dios; se debe sacar la piedra de ahí y ser echada fuera.  

“Y hará raspar la casa por dentro alrededor, y derramarán fuera de la ciudad, en lugar inmundo, el barro que rasparen.” O sea, lo que queda de la mancha hay que quitarlo y sacarlo. No es sólo sacar la piedra, porque a veces no es sólo sacar al profeta, al ministro, sino que hay que quitar de la mente de los hermanos lo que en ellos quedó del falso profeta. Hermanos, eso es un trabajo tremendo. Recuerdo que un día estábamos hablando algo sobre la oración, sobre el error de decretar y confesar positivo y todas esas cosas; lo enseñamos con la Palabra, y cuando se acabó la Reunión, vamos a orar, y un hermano comenzó a orar de la manera en que nosotros habíamos explicado que no se debía orar; y yo me pregunté: “Pero, Señor, ¿será que no entendió?” Raspamos la piedra, y todavía quedó con lepra.

Hermanos, ustedes quizás no se han dado cuenta, pero muchas veces traemos cosas falsas tan arraigadas en nosotros mismos. Y no nos hemos dado cuenta.  Al profeta Jeremías le pasó eso. Antes de edificar, el Señor le dijo: “Mira que te he puesto en este día sobre naciones y sobre reinos, para arrancar y para destruir, para arruinar y para derribar, para edificar y para plantar” (1:10). “Yo te he llamado para destruir, para arrancar”; o sea antes del Señor construir algo, tiene que quitar todo lo que no es; y entonces sí sirve para plantar, para edificar; ya que muchas veces llegamos con cosas que el Señor tiene que quitar primero. Cuando tú vas a plantar una iglesia normal, pero ya hay una casa completamente anormal; entonces nos toca quitar primero todo lo anormal, y ahí sí poco a poco construimos lo normal.

Y dice: “Y hará raspar la casa por dentro alrededor, y derramarán fuera de la ciudad, en lugar inmundo, el barro que rasparen. Y tomarán otras piedras y las pondrán en lugar de las piedras quitadas; y tomarán otro barro y recubrirán la casa.” Sí, el Señor a veces hace eso: quita personas y pone personas ¡Eso es un asunto muy serio! El Señor quita las piedras leprosas y trae piedras nuevas, la Casa no se puede podrir por unos cuantos hermanos, hay que limpiarla y seguir. El problema es cuando se ponen otras piedras, y surge otra vez la lepra.

La casa declarada inmunda por el Sacerdote

Dice desde el verso 43: “…y después que fue recubierta, entonces el sacerdote entrará y la examinará; y si pareciere haberse extendido la plaga en la casa, es lepra maligna en la casa; inmunda es.” O sea, ya la casa no se salva, ya es inmunda, ya esa no tiene sanidad. “Derribará, por tanto, la tal casa, sus piedras, sus maderos y toda la mezcla de la casa; y sacarán todo fuera de la ciudad a lugar inmundo.” Ahí es cuando el Señor dice: “Esto ya no tiene remedio.” Y quita la Casa. Así hizo con Israel, hermanos, cortó todo el tronco, pero dejó un vástago: el vástago del tronco de Isaí, de donde vendría el Mesías (Is.11:1).
Una orden del Señor: Salir del lugar contaminado

Hermano, a veces tú ves lugares, iglesias, de donde lo mejor es salir, porque no hay otra solución. Tú lees la historia de Lutero y de los reformadores, y ves que muchos de ellos no querían salir del catolicismo romano. Pero llegó un momento en el cual el Evangelio y la predicación de ellos no era compatible con la iglesia, y los hermanos tuvieron que salir. Y hay un llamado del Señor a eso en 2ª de Corintios 6:16: “¿Y qué acuerdo hay entre el templo de Dios y los ídolos? Porque vosotros sois el templo del Dios viviente, como Dios dijo: Habitaré y andaré entre ellos, y seré su Dios, y ellos serán mi pueblo.   Por lo cual, salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor, y no toquéis lo inmundo…” Y mira que palabras tan preciosas: “…Y yo os recibiré… ” A veces hay un temor profundo de salir, pero cuando tú has visto la condición, Dios mismo te ha mostrado la lepra, la lepra terrible carcomiendo el lugar donde te reúnes, es mejor salir, no sea que tú mismo te vuelvas leproso. Cuando estamos ahí hay una participación de lo que se hace, de lo que se ve, de lo que se oye, hay una aprobación. Porque ese cristianismo apóstata crece y prospera por la misma participación activa y pasiva de mucho hijos incautos. Pero tarde o temprano, el grupo de delincuentes que están matando la fe del pueblo de Dios caerá, y sus cómplices también ¡Sus cómplices también! Va a llegar un momento en el cual el Señor va a poner su mano sobre aquello que es falso, corrupto. Que no sea usted hallado entre ellos.

Limpieza por medio de la Palabra

Volvamos a Levítico 14, verso 46. Entonces, lo que venimos hablando: la casa fue declarada inmunda, ya nada de eso se salva ¡Nada! Leamos desde el verso 46: “Y cualquiera que entrare en aquella casa durante los días en que la mandó cerrar, será inmundo hasta la noche. Y el que durmiere en aquella casa, lavará sus vestidos; también el que comiere en la casa lavará sus vestidos.” O sea, si hubo personas dentro, que comieron dentro, que durmieron dentro, son llamados a ser lavados.
¿Cómo el Señor los lava? Hay pasajes que hablan sobre eso. Juan capítulo 13, verso 6. El Señor no sólo nos llama a salir de allí, sino que cuando lo hacemos a veces salimos sucios, y Él está dispuesto a limpiarnos. Y yo pienso que esta serie que comenzamos, si bien es, como veníamos diciendo, un llamamiento, un alerta también para muchos, asimismo va a ser una limpieza para otros, porque, como les decía, a veces traemos cositas, y el Señor necesita limpiarnos de todo eso. Pero gracias al Señor, que uno de sus oficios es que Él se hizo siervo, y delante de sus discípulos trajo una vasija con agua, se quitó su manto, se ciñó, se puso una toalla y comenzó a lavarlos, a limpiarlos (Jn.13). Muchos de estos mensajes son tan preciosos, porque el Señor nos va a limpiar de muchas cosas de las cuales necesitamos ser limpios.

El Señor le dice: “Salga, y límpiese”, y al salir nos encontramos con Él, ceñido de una toalla y dispuesto a limpiarnos ¡Qué precioso! Ese es el corazón del Señor. Él nos corrige, pero nos está llevando a Él para purificarnos. Él no nos manda así: “¡Vaya y límpiese como pueda!” ¡No! Él está afuera con la toalla listo para limpiarnos.

Una imperiosa necesidad: Ser lavados por Cristo

Juan 13, versos 6 al 10, dice: “Entonces vino a Simón Pedro; y Pedro le dijo: Señor, ¿tú me lavas los pies? Respondió Jesús y le dijo: Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora; mas lo entenderás después (porque era una figura). Pedro le dijo: No me lavarás los pies jamás (a veces uno cree que no necesita que le laven los pies). Jesús le respondió (mira estas palabras tan importantes): Si no te lavare, no tendrás parte conmigo.” “O te lavo, Pedro, o aquí no entras, ni participas.” Necesitamos ser lavados, profundamente lavados; de lo contrario, no tendremos parte con el Señor. El Señor no se sienta con leprosos, ni personas contaminadas, si ellos no están primero dispuestos a ser limpiados.

Pablo también nos habla de este lavamiento, en Efesios 5:25-26, hablando de la relación entre el esposo y la esposa, dice: “…se entregó a sí mismo por ella (por la Iglesia), para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra…” Entonces, la manera cómo el Señor santifica Su Iglesia es por el lavamiento con la Palabra. O sea: “Señor, hemos dormido en una casa inmunda.” Esa ha sido la realidad. “Señor, hemos comido en una casa inmunda, y Tú nos has llamado a salir.” Ahora el proceso que necesitamos es lavarnos con la Palabra, limpiarnos.” “…a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha (la palabra mancha, que se refiere a las manchas de la lepra) ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha.” Entonces, seriamente debemos saber que necesitamos ser lavados, lavados de todo aquello que es viejo y maligno. Y eso sólo lo puede hacer la Palabra de Dios.

La casa declarada limpia

Volvamos a Levítico 14: 48, porque el asunto no termina ahí, esto tiene un montón de detalles ¡Que el Señor nos permita por lo menos verlos así por encima! ¿Qué pasa cuando la casa es limpia? Hay casos donde la lepra se extiende, pero hay casos donde la lepra no se extendió, sino que era una cosa superficial, se pudo tratar. A veces sucede así. Hay cosas muy profundas que no se pueden tratar; pero también hay cosas que los hermanos traen que no son tan profundas, y se pueden limpiar. Miren lo que pasó. Dice en el 48: “Mas si entrare el sacerdote y la examinare, y viere que la plaga no se ha extendido en la casa después que fue recubierta…”, o sea, hay cosas que llegan a nosotros, pero no se extienden, no profundizan. Es terrible cuando eso ha echado raíces. Pero a veces hay hermanos (yo conozco muchos, muchos, pero muchos casos) que me escriben por Internet, diciéndome: “Hermano, yo estaba allí, y cuando vi eso, de una vez me salí de ese lugar…”, o sea, la lepra no profundizó, de una vez fue rechazada. Hay personas a quienes les pasa eso, el Señor las guarda, no deja que eso las corrompa; “…y viere que la plaga no se ha extendido en la casa después que fue recubierta, el sacerdote declarará limpia la casa, porque la plaga ha desaparecido.” El mismo Señor declara también cuando el asunto es limpio. Ahora miremos el ritual de purificación cuando el asunto es declarado limpio.

El ritual de la purificación

“Entonces tomará para limpiar la casa dos avecillas, y madera de cedro, grana e hisopo; y degollará una avecilla en una vasija de barro sobre aguas corrientes. Y tomará el cedro, el hisopo, la grana y la avecilla viva, y los mojará en la sangre de la avecilla muerta y en las aguas corrientes, y rociará la casa siete veces.” ¡Esta es una figura preciosísima! El sacerdote tenía que coger dos avecillas o dos palomas. Las palomas eran los animales de sacrificios de los pobres. En los otros sacrificios estaban los corderos, las vacas; pero cuando tú no tenías ni para el cordero, ni para la vaca, porque eras pobre, entonces comprabas unos palominos ¿Se acuerdan cuando el Señor fue llevado al templo para ser dedicado? Sus padres ofrecieron dos palominos, porque ellos eran humildes, pobres ¿De qué nos habla eso? “¡Ay, Señor, nosotros no somos nada, no tenemos nada, somos pobres! ¡No sabemos mucho, no entendemos mucho! ¡Somos pobres, Señor!” Es la ofrenda de los pobres, de los humildes. Es la ofrenda de los que se humillan. De eso nos hablan las palomas. Una se cogía, y la otra se degollaba ¿Por qué? Porque de todos modos como hubo pecado, debe haber remisión de pecado, y sin sangre no hay remisión de pecados. “Y casi todo es purificado, según la ley, con sangre; y sin derramamiento de sangre no se hace remisión” (He.9:22).

Mira lo interesante, se degollaba sobre una copa, sobre una taza de barro. Todo es una figura preciosa; el barro nos habla de hombre. Se cogía la paloma, era degollada, y la sangre se ponía en la taza de barro, y se ponía junto a aguas; esa figura es tan interesante. El cedro, el hisopo es como una especie de planta que se amarraba con la grana al palo para que cuando se pusiera la sangre de la avecilla sobre el río, se tomara el agua del río, con el hisopo de madera se cogiera, se untara y se iba a esparcir sobre la casa siete veces. Muchas veces usaba esa figura, no sólo sobre la casa, sino también sobre las personas. Y eso nos habla de que ciertamente el Señor nos saca de ahí, pero el Señor tiene también una avecilla, que es la provisión de Cristo, la sangre de Cristo. Dice 1ª de Juan 1, del 7 al 10: “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros.” Si decimos que no hemos pecado, somos unos mentirosos, pero tenemos un Sacerdote, que Él “…es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad”; “…y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado.”

Entonces, ¿de qué habla el agua corriendo y la sangre corriendo? El agua, como decíamos ahora, es la predicación de la Palabra, porque en la medida que nosotros estamos en comunión y comenzamos a predicar la Palabra, misteriosamente esa Palabra trae los ingredientes del sacrificio de Cristo y, sin darnos cuenta, espiritualmente muchas veces somos rociados con la sangre de Cristo, del perdón de Cristo ¿Usted no ha tenido esa experiencia preciosísima que espiritualmente habla de estas realidades? Usted ha pecado. Usted llega a la Reunión, y no puede ni levantar la cabeza, no puede orar, ni cantar; está avergonzado, se siente un miserable, un hipócrita, se siente lo peor, y se mira y dice: “¡Señor, estoy tan inmundo!” Y comienzan la alabanza y las oraciones, y espiritualmente comienza a pasar algo: el Sacerdote comienza a pasar por en medio nuestro y comienza a limpiarnos de nuestros pecados. Usted no lo ve (el sacerdote en esa época sí era visto porque él cogía el hisopo), pero sin darse cuenta, usted comienza a sentir paz, perdón, restauración, comienza a sentir ganas de llorar, a sentir el gozo de su salvación y termina cantando ¿Qué pasó? Pasó el Sacerdote y esparció el agua y la sangre. Esto era algo físico, pero en nosotros es una experiencia espiritual. El Señor nos saca, pero hay un ritual de limpieza más. Y ese ritual de limpieza tiene que ver con la sangre de Cristo, la cual nos limpia de todo pecado, aun del pecado de apostasía; y esa sangre viene a través del agua que va corriendo ¿Y cuál es el agua que va corriendo? La Palabra de Dios que va siendo predicada y siendo esparcida por el Sacerdote ¡Una figura preciosa!

Estos pasajes nos muestran y nos hablan de que la sangre de Cristo es todavía poderosa para limpiar la Iglesia de toda mancha. No hay mancha, no hay arruga que la sangre de Cristo y la limpieza de la Palabra no puedan quitar de en medio nuestro. Tal vez usted llegó de la “cloaca más cloaca”, pero el Señor lo puede hacer a usted un instrumento de justicia limpio. La obra de Cristo es todavía suficiente para perdonarnos de todo pecado y limpiarnos.

¿Y qué pasa con la otra avecilla? ¡Esto es precioso! Ahí en el 51: “Y tomará el cedro, el hisopo, la grana y la avecilla viva, y los mojará en la sangre de la avecilla muerta y en las aguas corrientes (las aguas corrientes nos hablan de la predicación de la Palabra, agua viva), y rociará la casa siete veces.” O sea, nos hará una limpieza completa, limpiando nuestras conciencias, limpiándonos delante de Dios. “Y purificará la casa con la sangre de la avecilla, con las aguas corrientes, con la avecilla viva, la madera de cedro, el hisopo y la grana.” ¿Se acuerdan que el hisopo lo usa después el salmista David como una figura de limpieza? Salmo 51:7, leemos: “Purifícame con hisopo, y seré limpio; lávame, y seré más blanco que la nieve.” David tenía en mente esos ritos sacerdotales que hablan de la limpieza.

Y dice ahí en el 52: “Y purificará la casa con la sangre de la avecilla, con las aguas corrientes, con la avecilla viva, la madera de cedro, el hisopo y la grana. Luego…” todavía no ha acabado, mira lo precioso: “…soltará la avecilla viva fuera de la ciudad sobre la faz del campo. Así hará expiación por la casa, y será limpia.” Mira esto: Dos avecillas, una avecilla que muere y otra que es libertada, es libre ¿De qué nos habla eso? Una nos habla del perdón, pero ese perdón no fue así nomás, sino que hubo una muerte; la sangre no es sólo para salvación, sino también para limpiarnos de toda la lepra de la cual se ha llenado toda la Casa. Y la otra avecilla nos muestra que hemos sido justificados y que ahora tenemos una nueva vida; o sea, no se mató la otra avecilla, sino que se le dio libertad, se le concedió vida. El Señor no sólo nos perdona, sino que también nos lleva a una nueva vida, una vida celestial, porque el ave es un animal que se remonta a los cielos, esto nos habla de una vida gloriosa, una vida de santidad, una vida (como leíamos ahora en el pasaje de Efesios) de “…una iglesia gloriosa…”, que busca la gloria, que tiene la vida, que se remonta a las alturas, que ha sido perdonada ¡Eso es preciosísimo! Muchos que hemos pasado por la contaminación de la lepra en la casa somos llamados a una nueva vida en Cristo, una vida libre del engaño de falsos maestros, una vida libre de la corrupción de falsas doctrinas, una vida libre del yugo del error. Y esta si es una verdadera libertad.

¡Hermanos, el Señor nos limpie y nos purifique! Nuestro deseo con esta serie que comenzamos es lo que decíamos al inicio, que el Señor limpie Su Casa de toda lepra.

El Señor nos ayude para que por medio de su sacrificio y de la exposición de Su Palabra, seamos limpios, y muchos vuelvan al camino de la verdad. Hoy comenzamos con una introducción para ver la limpieza de la lepra en medio de la Casa de Dios ¡El Señor nos ayude! Necesitamos la gracia de Dios, pero son temas que deben ser conocidos, y mucho más en nuestro tiempo. Vamos a encomendarnos al Señor y que Él nos ayude a ser atalayas a nuestra generación.

Pablo David Santoyo

© EDICIONES TESOROS CRISTIANOS


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Última actualización el Viernes, 04 de Agosto de 2017 11:48