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¿Cuál es nuestra posición sobre el pastorado?

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Este tema es bastante interesante en nuestros tiempos. La palabra ‘pastor’, o ‘pastores’, cuando es mencionada en el Nuevo Testamento, siempre está relacionada con otras dos palabras: la palabra ‘obispo’ y la palabra ‘anciano.’ Y generalmente cuando se refiere a este grupo de creyentes, que son los mismos, ellos son los encargados de pastorear la grey de la Casa de Dios.

Un ministerio compartido

Siempre que se habla de estas personas se habla en plural. O sea, que el pastorado no es individual, ni unilateral, sino que generalmente se refiere a una compañía de hombres que Dios ha levantado en medio de Su Iglesia para que ellos pastoreen, cuiden y gobiernen la Iglesia. Esa figura del pastor único, del pastor general, del pastor como la cabeza, no es bíblica. Siempre que la Palabra habla de estos hombres, lo hace en plural, refiriéndose a varios hermanos encargados de la responsabilidad de la iglesia local.

Una iglesia no debería tener un solo pastor, porque es peligroso tanto para él mismo como para la iglesia, porque no hay una manera adecuada en que él sea regulado o controlado; además, no es bíblico. En el tipo de iglesias que tiene este modelo piramidal, generalmente sucede que el pastor se enseñorea de la iglesia, y se pone como cabeza. Cuando un solo hombre tiene la autoridad absoluta en un lugar, fácilmente puede desviarse, y tener tendencia al desequilibrio. Lo mejor debería ser que hubiera dos o más creyentes involucrados en el asunto. El modelo bíblico nos muestra que el pastorado es plural, y corresponde a varios hombres que tienen como función cuidar y gobernar la Casa de Dios.

El sueldo del pastor

En cuanto al sueldo del pastor, la Palabra nos muestra dos modelos:

Primero: El pastor puede trabajar secularmente. Pablo, en su ministerio, debido a que muchas veces la iglesia no tenía conciencia de que debía apoyarlo, él trabajaba con sus manos para proveer para sí mismo y para los suyos. Un hombre puede ser llamado al pastorado, y puede también trabajar secularmente a fin de proveer para sus necesidades y las de su familia.

En Juan 10:12-13, leemos que el Señor Jesucristo hablaba del pastor que trabajaba sólo por el salario, llamándolos asalariados. Estos se reconocen porque no aman las ovejas, sino su lana; no les importan las ovejas, sino lo que puedan sacar de ellas. Simplemente tienen el pastorado como una profesión lucrativa, que requiere un buen sueldo. Pero la Biblia está totalmente en contra de esta posición.

Los pastores deberían ser personas que, siendo llamadas por Dios, deben tener una vocación guiada e impulsada constantemente por el Espíritu Santo para cuidar, para ayudar, para amar y para enseñar a la Iglesia del Señor. El hombre que trabaja por un sueldo, ciertamente no ha sido llamado al ministerio. El hombre que ha sido llamado al ministerio, cumple su función por amor al Señor mismo y por amor a las ovejas, aunque eso muchas veces lo lleve a padecer necesidad o a trabajar secularmente. Muchos hermanos que han sido llamados a este trabajo, pueden trabajar también secularmente.

Segundo: El pastor dedicado totalmente a la obra del Señor. También la Palabra muestra otro modelo: Aquellos pastores que han sido llamados con un trabajo más exclusivo; personas dedicadas a la predicación y a la enseñanza de la Palabra a tiempo completo. Cuando un hombre tiene un llamamiento así, que involucra todo su tiempo, y que por causa de esto no puede trabajar secularmente, la iglesia debería velar para proveer sus necesidades, a fin de que él viva dignamente en medio de ellos. Así como de la ofrenda de la iglesia se aparta para las viudas, se aparta para los pobres, se aparta para otros oficios de la Obra, para la extensión de la literatura y otros medios, la iglesia también debería considerar el tener cuidado de aquellos hombres que han sido llamados al ministerio de la enseñanza de la Palabra de Dios a tiempo completo. No es que él tenga un sueldo, pero sí la iglesia debería velar por él, por su familia y por las necesidades que ellos tengan. Lo justo sería que él viviera por lo menos en el mismo nivel de vida que tienen los otros miembros de la iglesia. No es ese pastor que se está enriqueciendo, no es ese pastor que está prosperando ¡No! Sino que es aquel hombre que está dedicado a la Palabra, que la iglesia tiene buen testimonio de él y reconoce que ha sido llamado a una obra especial, y la iglesia se da cuenta que él necesita la ayuda y la cooperación para suplir sus necesidades.

El pastorado es servicio exclusivo de hermanos varones

También nosotros nos damos cuenta de que el pastorado es exclusivo del varón. En este asunto la mujer no ha tenido parte. Siempre que se habla de ellos en el Nuevo Testamento, es un oficio para el varón. Y no para todos los varones, sino que se requiere tener unas características y cualidades de vida. 1ª a Timoteo 3:1-7 nos habla de muchas características. Si el hombre tiene un llamado de Dios, el Señor va a trabajar en muchas áreas de su vida: su esposa, sus hijos, su carácter y su doctrina. Dios va a hacer una obra profunda en su vida por causa de la responsabilidad que va a recibir, cosas que han de ser indispensables y fundamentales para su vida y para aquellos a quienes sirve. También debe ser fiel en los asuntos relacionados con el dinero, de buen testimonio en la iglesia, y aún afuera. Entonces, no sólo debe ser hombre, sino que como hombre tiene que poseer cualidades, requisitos, porque definitivamente la función que él cumple es muy delicada, porque él está tratando con los hijos de Dios. Entonces él debe velar por él mismo, por su enseñanza, por su casa, por su familia, para que todo esto le ayude a ser un hombre irreprensible. Irreprensible no quiere decir que no peque, pero sí que no tiene pecados sobresalientes que dañen su testimonio; no es un borracho, no es un adicto a la pornografía, no es una persona entregada a los vicios, sino que es una persona con un buen testimonio. Tendrá cosas con las cuales el Señor tratará, pero en general no hay pecados visibles que atenten contra su llamado. Todas estas cosas son necesarias y, cuando no las hay, resulta peligroso para la iglesia.

El nombramiento de los ancianos

Los pastores son reconocidos, no sólo porque tengan cierta gracia para hablar, sino porque tienen un trabajo en medio de la Casa de Dios, un trabajo respaldado por Dios. Son aquellos hombres que el Señor ha puesto, y a los cuales les da mayor carga por la oración, por la Palabra y, en general, por los asuntos de Dios. Siempre que el hombre tiene ese llamado de Dios hay un fuego interior, un amor y una entrega especial. Nuestras obras y frutos dan testimonio de que hemos sido llamados para esa labor. Entonces hay un testimonio interior y un testimonio visible, observado en la iglesia, y reconocido por la obra. También debe haber nombramiento por los encargados de la Obra, con el fin de traer orden al gobierno de las iglesias. Aquellos hombres que nos han precedido, y que han tenido la autoridad en medio de la Casa de Dios, son los que deben reconocer el ministerio de los que han sido llamados por Dios e imponerles sus manos (Tito 1:5).

Los pastores no son infalibles

No son personas infalibles. También es importante hablar que, aunque son personas que tienen autoridad, que son puestas para cuidar, puestas para guiar la iglesia del Señor, no son personas infalibles. Nosotros podemos seguir a aquellos hombres que Dios ha puesto, escucharlos, obedecerlos, someternos a ellos mientras que ellos estén bajo las Escrituras. Pero una vez que el pastor o el anciano se aparte de las Escrituras, él pierde su autoridad, porque su autoridad depende de su sometimiento a Cristo.

Entonces, un pastor que vive para enriquecerse, un pastor que vive y predica doctrinas falsas, un pastor que vive en adulterio, o es borracho, por causa de que su vida y su enseñanza atentan en contra de lo que dicen las Escrituras, la iglesia debería tener mucho cuidado. Si nosotros nos reunimos en una iglesia donde los pastores no son hombres íntegros, no son hombres de la Palabra, no son hombres de buen testimonio, deberíamos abstenernos de someternos a tal gobierno.

Como hombres falibles que somos, podemos ser corregidos y exhortados en amor. Si nuestra enseñanza se está desviando, como hombres podemos ser confrontados. Tenemos el caso donde Pablo corrigió a Pedro (Gálatas 2:11-21); porque todos nosotros como hombres nos podemos desviar ¡No somos infalibles! La cabeza de la Iglesia es Cristo. El fundamento de la Iglesia es la Palabra de Dios. Y cuando nosotros, aún como sus siervos, nos estamos saliendo de ahí, la iglesia tiene el deber, por amor a nosotros, de corregirnos. Claro que hay un sometimiento, claro que hay sumisión, pero esa sumisión debe ser colectiva. La Palabra dice: “…y todos, sumisos unos a otros…” (1P.5:5). Entonces, en la medida en que yo veo que mis pastores se someten a Cristo y se someten a la Palabra de Dios, yo puedo someterme a ellos. En la medida en que ellos se rebelen contra Cristo o contra la Palabra de Dios, yo no puedo someterme a ellos, porque yo tengo una Cabeza que es más alta que ellos: Cristo mismo.

Los pastores sólo son hermanos

Los pastores son hermanos, tal como nosotros también lo somos. No son una clase especial de personas. Como hombres, el Señor los ha puesto, y damos gracias por ellos; es más, pedimos por ellos, porque ellos tienen el peso de la iglesia sobre sus hombros. Ciertamente ellos sufren los ataques de Satanás en contra de ellos, en contra de sus familias, en contra de sus ministerios, en contra de la iglesia. Realmente ellos son los que oran por nosotros, los que lloran por nosotros, los que buscan al Señor para poder traer alimento a la Casa de Dios. Debemos respetarlos, amarlos, ayudarlos en lo que podamos colaborarles, pero ciertamente ellos son hombres como nosotros, son hermanos.

Ese es otro problema que tiene el cristianismo actual, que enfatiza en los títulos, enfatiza en los nombres. El Señor decía: “…no queráis que os llamen Rabí; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo, y todos vosotros sois hermanos” (Mt.23:8). En otras palabras: “No busquéis que os llamen maestros…” ¿Por qué? Porque esos títulos comienzan a engrandecer y, tal vez, a traer orgullo en el corazón de los hombres.

Entonces, aquel que tiene ese llamado, que ha sido reconocido y nombrado, es un hermano, por lo que deberíamos llamarlo por su nombre, no por un título. Deberíamos amarlo, respetarlo por el servicio que él presta, obedecerle por el lugar que el Señor le ha dado, pero reconociendo que es un hermano como nosotros. Sí, hermanos que cumplimos roles, que cumplimos funciones, que tenemos un trabajo, que tenemos experiencia y que el Señor ha puesto delante, pero esta realidad no nos hace superiores. Nunca llegaremos a ser algo más que hermanos. Hermanos que la gracia de Dios los ha puesto en un lugar por causa de un trabajo, pero como dice la escritura “el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza…” pertenecen a Dios y al Cordero, no a nosotros. El Señor nos guarde de engrandecernos, y nos mantenga humildes para cumplir esta noble función de pastorear a Su pueblo hasta que Él venga o hasta que Él nos llame a su encuentro.

1ª de Pedro 5:1-4: “Ruego a los ancianos que están entre vosotros, yo anciano también con ellos, y testigo de los padecimientos de Cristo, que soy también participante de la gloria que será revelada: Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto; no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey. Y cuando aparezca el Príncipe de los pastores, vosotros recibiréis la corona incorruptible de gloria.” ¡Amén!

Pablo David Santoyo

© EDICIONES TESOROS CRISTIANOS

 


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Última actualización el Viernes, 04 de Agosto de 2017 12:00