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Justificación, confesión y disciplina

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El pecado y la justificación

Lo primero que vamos a hablar es acerca del pecado y la justificación delante de Dios. El mayor problema que tiene el hombre delante de Dios no es su economía, no es su estrato social, no es su familia, no es la educación, no es el dinero. El mayor problema que tiene el hombre es el pecado. Por causa del pecado es que nosotros vemos este mundo corrompiéndose y destruyéndose. Aun la misma naturaleza gime (Ro.8:22), pero su gemir es causado por el pecado que el hombre cometió, y la maldición que eso trajo sobre esta tierra (Gn.3:17). Entonces, la causa de todo mal es el pecado, y Dios tenía que hacer una obra para poder recibir a esos hombres, ya que en ellos había una naturaleza corrupta, que los llevaba constantemente a pecar y a deshonrar Su Ley. Entonces Dios tomó la decisión de enviar a Su Hijo Jesucristo en el cumplimiento de los tiempos, y así, por medio de él, poder otorgarle perdón y, por medio de ese perdón, poderle recibir.

De esto nos habla el autor de la epístola a los Hebreos, y vamos a entender nuestra relación con el pecado en cuanto a la justicia eterna de Dios. Mira lo que dice Hebreos 10, desde el verso 7: “Entonces dije (hablando el Señor de una manera profética en el Salmo 40:6-8): He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad, como en el rollo del libro está escrito de mí. Diciendo primero: Sacrificio y ofrenda y holocaustos y expiaciones por el pecado no quisiste, ni te agradaron”, porque eso era lo que mandaba la Ley: sacrificio de animales, para que, a través de ello, el hombre pudiera acercarse a Dios; pero el pecado era tan abundante, que aquellos ritos se volvieron abominables al Señor. El Señor decía por los profetas (Isaías 1:11-14): “Estoy hastiado de vuestros sacrificios, estoy hastiado de vuestras fiestas solemnes”; porque, aunque ofrecían un rito según la Ley, constantemente manchaban la presencia de Dios con sus pecados. Entonces, eso que aun Dios mandó, por causa del pecado del hombre, se volvió totalmente corrupto y desagradable a Dios.

Pero entonces Dios, que nos ama y que no quería dejar al hombre en sus pecados, hace algo: Prepara un cuerpo para nuestro Señor Jesucristo, y en el cumplimiento del tiempo lo envía; y sigue diciendo: “…las cuales cosas se ofrecen según la ley” (v.8). Pero ya el Señor ni gustaba de la Ley, no porque la Ley fuera mala, sino porque los hombres habían profanado esa Ley de Dios. Y sigue (v.9): “Y diciendo luego: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad; quita lo primero, para establecer esto último”. El Señor viene para quitar todo lo que traía la Ley y para establecer algo nuevo ¿Qué es eso nuevo? “En esa voluntad (la voluntad de Cristo) somos santificados”, declarados santos, declarados inocentes, ¿cómo? “Mediante la ofrenda…”, pero ya no de animales, porque antes ellos traían una ofrenda a Dios para que por medio de ese sacrificio, Dios los pudiera acercar, pero ya Dios no nos va a acercar a Él mediante una ofrenda de un animal inocente, ahora ¿mediante qué? “Mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre”.

Había algo tremendo en las figuras del Antiguo Testamento. En los tiempos de Moisés había un Tabernáculo. El Tabernáculo tenía tres partes: el atrio, el Lugar Santo y el Lugar Santísimo. Para que el sacerdote pudiera entrar en la parte más interior del tabernáculo, que era el Lugar Santísimo, él primero tenía que ofrecer un animal en el atrio, en el altar de bronce. Cuando se ofrecía ese animal, se cogía la sangre del animal y, por medio de esa sangre, él ya podía entrar en el Lugar Santo y en el Santísimo, y echar la sangre en un lugar que se llamaba el propiciatorio, donde había dos querubines y estaba el Arca. Pero todo eso era una figura. Ahora, en el cumplimiento de los tiempos, viene Cristo, y el atrio es el Gólgota. Ahí es el altar del holocausto donde se ofrece el sacrificio, pero ya no el animal, sino la propia vida de nuestro Señor Jesucristo. Una vez muerto, Él toma su sangre (dice la epístola a los Hebreos en los capítulos anteriores), y cual Sumo Sacerdote, se presenta delante de Dios con Su sangre, y ahora ya no viene con la sangre al Lugar Santísimo, sino al mismo trono de Dios con Su propia sangre, y le dice: “Padre, este es el precio de los pecados de todo el mundo.” Y el Padre, al ver el sacrificio como una ofrenda perfecta en obediencia a lo que Dios mismo había mandado, el Padre declara perfectos, santos y perdonados a todos aquellos que se identifiquen con ese sacrificio.

Lo que millones de sacrificios de animales no pudieron hacer, ahora Cristo, con un sacrificio, de una vez y para siempre, ha quitado el pecado que nos acusaba delante de Dios. Y aquellos, como en el Antiguo Testamento, que pongan la mano sobre el animal y se identifiquen con el animal, que ya no es un animal, sino que es Cristo mismo, esos hombres van a recibir perdón. Entonces, según la justicia de Dios, gracias a la ofrenda perfecta de Cristo hecha una vez y para siempre, ahora nos declara justos o justificados.

Leamos nuevamente el verso 10: “En esa voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez y para siempre”. Esto nos habla de algo muy importante, hermanos: Si Cristo murió, y el pago del pecado fue cubierto totalmente, ya nosotros no tenemos que hacer nada delante de Dios por el pecado, porque ya fue saldado; es una deuda que Él pagó para siempre; estas palabras “para siempre” nos habla de eternidad. Ahora vamos a ver una figura, que nos va a ayudar a entender un poco este lenguaje. Y dice: “Y ciertamente todo sacerdote está día tras día ministrando y ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados; pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios, de ahí en adelante esperando hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies; porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados” ¿Con cuántas ofrendas? Con una sola ¿Por cuánto tiempo? Para siempre. Entonces, el sacrificio de Cristo tiene el poder para quitar el pecado delante de Dios para siempre ¡Para siempre!

Eso es lo que Pablo estudia en el libro a los Romanos, en el capítulo 3, hablándonos de que con el sacrificio de Dios, en la persona de Cristo, Dios nos ha justificado ¿Qué es eso de ‘justificar’? Que nos ha declarado inocentes, ha quitado toda la culpa que recaía sobre nosotros y nos ha declarado personas justas delante de Él ¿Por qué? ¿Por lo que nosotros hayamos hecho? ¡No! ¡Por el sacrificio de Cristo! Esto es muy serio, porque el Señor les está hablando a personas que, habiendo creído en la obra de Cristo, se estaban volviendo a su religión pasada, y estaban ofreciendo por sus pecados. Como el cristiano que ya “cree” (“cree” entre comillas) que Cristo murió por él, pero de alguna manera cree que tiene que hacer otras cosas por su pecado ¿Qué está haciendo este cristiano? Profanando la sangre de Cristo ¿Por qué? Porque no ha entendido el valor que tiene la sangre delante de Dios. Hay cristianos que tú los ves cinco, siete, diez años, y todavía están llorando por sus pecados pasados ¿Qué ha pasado con esos cristianos? Sus conciencias los atormentan, porque no han sido conscientes de que Dios ya cargó el pecado en la cruz de Cristo.

Hay hermanos que dicen: “Bueno, yo estoy consciente de que cuando yo creo en Cristo, mis pecados son perdonados. Pero, ¿qué pasa cuando vuelvo a pecar?” Lo que la Biblia nos muestra es que Dios nunca nos va a cobrar nuestros pecados: ni los pasados, ni los presentes, ni los futuros, porque ya Su Hijo llevó toda nuestra iniquidad, y delante de la justicia de Dios, el precio ya fue pagado. Dios no puede cobrarnos nuestros pecados, porque ya Su Hijo los llevó. Es como cuando un delincuente comete unos delitos, y él paga por esos delitos; ya no se le puede acusar una segunda vez, porque ya él pagó. En este caso, Cristo pagó por nosotros, y con base a ese sacrificio “…tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Ro.5:1) ¿Qué es eso? Que ahora podemos acercarnos confiadamente, porque aunque éramos pecadores y habíamos pecado, ya Dios juzgó en Su Hijo todo lo que habíamos hecho. No tenemos que volver a los sacrificios, no tenemos que volver a religiones vanas de ritos, que de nada sirven, porque lo que Dios demandaba de nosotros, Su Hijo ya lo hizo. En cuanto a la justicia eterna de Dios, hemos sido perdonados y redimidos eternamente. Por eso nosotros hablamos con este lenguaje: La salvación no se pierde ¿En qué sentido? En que Dios nunca va a culpar al creyente en su justicia, porque ya Cristo pagó por él, y ese sacrificio es perenne, o sea, permanente.

En Apocalipsis 5, versos 4-6, cuando Juan comienza a llorar, porque no había ninguno justo, uno de los ancianos le dice: “No llores. He aquí, que el León de la tribu de Judá, la raíz de David, ha vencido…” Y cuando Juan voltea a mirar, en medio del trono hay un Cordero, pero la Palabra dice que hay “…un Cordero como inmolado…”. Y en el texto griego del pasaje pareciera ser como si en ese momento estuviera siendo inmolado; es como si Juan estuviera viendo un Cordero, al cual le están atravesando el cuello con un cuchillo. Y decimos: Pero si Cristo ya murió, y ahí más adelante, en el verso 9, dice: “…con tu sangre los has redimido…”, en pasado; pero aunque Cristo murió (en pasado), delante del Trono de Dios la obra de Cristo sigue estando presente perpetuamente. Por eso nosotros cantamos: “Tu sangre sigue vigente, es eficaz hoy todavía” ¿Por qué? Porque delante de Dios, para Dios poder relacionarse con nosotros, siempre tiene que estar en medio la sangre de Cristo, ya que si en algún momento la sangre fuera quitada, un solo pecado nos haría dignos del fuego eterno, porque sólo con una transgresión, ya transgredimos toda la Ley (Stg.2:10), y “…la paga del pecado es muerte…” (Ro.6:23).

Entonces, ¿por qué Dios no me condena cuando vuelvo a caer en pecado? Porque Él, al mirarme, ve un Cordero inmolado todavía. Entonces eso nos habla, de la vigencia eterna del sacrificio de Cristo ¡Qué precioso! ¡Esto es muy grande! Hombres judíos duraron años, día tras día, llevando animales, sacrificándolos, y eso nunca los justificó, pero Dios, sólo con una ofrenda, con un solo sacrificio, nos hizo eternamente perfectos ¡Esto es grandísimo, hermanos! ¡Esto es precioso! Esto es lo que diferencia nuestra fe de la fe de otras religiones. Otras religiones están haciendo cosas para justificarse delante de Dios. Nosotros lo único que hacemos es creer en lo que Cristo hizo para justificarnos a nosotros, por gracia, no por obras que nosotros hubiéramos hecho. Mira lo que dice: “…porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados. Y nos atestigua lo mismo el Espíritu Santo; porque después de haber dicho: Este es el pacto que haré con ellos…” Y mira lo interesante: Dios el Padre, hace un pacto con Su Hijo.

Los hombres no pueden hacer pactos con Dios. Porque Dios, en el Antiguo Testamento, nos mostró que Israel quebrantó el pacto una y otra vez. Eso de que te enseñen a ti: “Ven, y pacta con Dios”, es una mentira ¿Quién puede pactar con Dios? ¿Quién puede hacer firme su pacto delante de Dios? Dice Salomón, en Eclesiastés 5:4-5: Cuando a Dios haces promesa, no tardes en cumplirla; porque él no se complace en los insensatos. Cumple lo que prometes. Mejor es que no prometas, y no que prometas y no cumplas.” “Ni siquiera le juréis al Señor”, porque no sabes si le puedes cumplir o no, porque Dios no confía en los hombres. “Maldito el varón que confía en el hombre…” (Jer.17:5). Y Dios no confía en personas como nosotros.

Entonces, como Dios no veía en el hombre algo seguro, Él pone su confianza en Su Hijo, y Él hace un acuerdo o un pacto con Su Hijo. Y el pacto era este: “Padre, de los que Tú me des, que yo muera por ellos, ninguno se pierda” (Juan 17). Y el Padre le dice al Hijo: “Tú vas, y mueres por ellos, y ese va a ser mi pacto contigo, en tu sangre, que de los que yo te dé, ninguno se perderá” ¡Qué precioso! Por eso el Señor dice: “El que cree en mí, tiene vida eterna” (Jn.6:47); y no perecerá jamás; (Jn.10:28). Como dice en 2ª Timoteo 1:10: “…y sacó a luz la vida y la inmortalidad…” ¡Qué precioso, hermanos! Por eso la Palabra dice esto: “Aunque nosotros no seamos fieles, Él permanece fiel” (2ª Timoteo 2:13). Pero, ¿permanece fiel a qué? Al pacto que hizo con Su Hijo, porque Dios no quebranta Su Pacto; “Una vez he jurado para siempre, que no quebrantaré mi pacto”, dice el Señor. Entonces, el perdón, según la justicia de Dios, es para siempre a todos aquellos que en Él creen. Ese es el Nuevo Pacto. Eso es lo que nos reunimos a celebrar en la Copa y en el Pan.

El pecado y la confesión

Pero entonces, tenemos otro problema: ¿Qué pasa con el cristiano que ya siendo salvo, siendo redimido, siendo perdonado, peca? Porque la Biblia también nos habla de esto; y lo que estamos diciendo no es para que tú tengas excusas para pecar. Entonces vamos a leer qué dice la Biblia en relación al pecado, ya no en cuanto a la justicia de Dios, sino el pecado en cuanto al caminar del creyente.

Cuando un cristiano peca, no pierde su salvación, porque su salvación está, no en la base de lo que el cristiano hizo, sino en la base de lo que Cristo hizo y en la base del Nuevo Pacto ¡Así es! Pero cuando un cristiano peca, su pecado tiene consecuencias: primeramente rompe su comunión con Dios. Nuestro pecado no nos afecta eternamente, pero sí afecta nuestra relación con Dios. Y si yo soy afectado en mi relación con Dios, estoy afectado en mi relación con mis hermanos, porque nosotros tenemos comunión unos con otros, porque estamos en Cristo. Inmediatamente después que yo me alejo de Cristo, me alejo de los hermanos. Aunque hay hermanos que buscan excusas: “No es que yo no volví (está en el mundo) porque los hermanos son esto, y los hermanos son aquello…” ¡Mentiras! ¡Pecó, y su pecado lo alejó de Dios! Él va a buscar muchas excusas para justificarse, pero la raíz del mal es el pecado, y comienza a echarle la culpa a Dios o a los hermanos.

Veamos lo que dice 1ª de Juan 1:6-10: “Si decimos que tenemos comunión con Él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad…” Entonces, esa persona que dice ser cristiana, pero todavía es un borracho, está en adulterio; anda por ahí robando… Es una persona que está en tinieblas y miente. Una de las características de un verdadero cristiano es su actitud hacia el pecado: antes amábamos el pecado, nos gustaba el pecado, nos revolcábamos en él, como en el lodo, en el fango del pecado, y no nos parecía mal; pero inmediatamente creemos en Cristo, el Espíritu Santo viene a morar en nosotros, y el Espíritu Santo ahora ha activado la alarma en nuestra conciencia; cosas que antes eran normales para nosotros, nuestra conciencia comienza a mostrarnos que son pecado, y eso produce que, aunque a veces caiga en ese pecado, lo aborrezca, porque sé que eso me está alejando de Dios, porque sé que eso daña mi caminar con Cristo, porque sé que eso ensucia mis vestiduras. Entonces, a veces peco, porque si decimos que no hemos pecado, somos mentirosos también, pero ya no me gusta el pecado. Si tú todavía gustas del pecado es porque todavía no eres creyente. El cristiano se caracteriza porque aborrece el pecado, aunque a veces caiga en él. El “cristiano” (entre comillas) que todavía ama el pecado, no es realmente un cristiano.

Una vez, un joven le dijo a un hermano: “Hermano, tuve un encuentro con Dios”, y el hermano le respondió: “Hermano, ¿y tuviste un encuentro con tu pecado?” Porque definitivamente para poder acercarnos a Dios, lo primero que hay que quitar es el pecado, y ahora nuestra conciencia se vuelve sensible (antes no lo notábamos), terriblemente sensible al pecado; antes hacíamos, y no nos dábamos cuenta, pero ahora hasta un pensamiento nos asusta, esta es la alarma de Dios. Y cuando pecamos, se va la paz, y por dentro hay una desazón, un desespero, una vergüenza ¿Por qué? Porque ya el cristiano no gusta del pecado ¿Por qué? Porque el Espíritu Santo mora en él.

Mira lo que sigue diciendo: “…pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” ¡Esto es preciosísimo! Lo primero que deberíamos hacer cuando pecamos es tratar de buscar la comunión con los hermanos, porque hay algo misterioso; tú puedes llegar acá sucio, sin paz, turbado, pero cuando comienzan los hermanos a orar y comienza a cantar la Iglesia, algo misterioso comienza a pasar ¿Saben que hacían en el Antiguo Testamento? El sacerdote cogía la sangre y comenzaba a dispersarla. Nosotros no nos damos cuenta, pero espiritualmente eso está pasando, la sangre comienza a limpiarnos, y pasamos, de estar desesperados, a tener paz, de estar cargados y mudos, a poder cantar y orar ¿Qué es eso? Que Dios está ministrando la sangre de Su Hijo en medio de la comunión. Lo peor que tú puedes hacer cuando pecas es apartarte de la comunión, porque ahí Satanás va a venir contra ti y te va a destruir, pero cuando el pueblo de Dios está reunido, “…allí envía Dios bendición, y vida eterna” (Salmo 133:3) ¡Qué precioso, hermanos!

Sigamos leyendo. Y dice: “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros”. Pero ¿qué pasa si pecamos? ¿Qué debemos hacer? “Si confesamos nuestros pecados…” debemos confesar nuestros pecados. Lo más terrible para un creyente es cargar con un pecado que no ha confesado.

Un hermano siempre cuenta esta anécdota: Hay dos niños en la granja de los abuelos. Un niño, sin darse cuenta, tira una piedra y mata un pato. La hermana le dice: “Le voy a contar a mi abuela que mataste el pato”. Y el niño responde: “No, no, por favor”. Entonces, la abuela manda a la niña y le dice: “Mi hijita, quiero que te pongas a lavar la loza”. Y la niña dice: “No, abuela, mi hermano la va a lavar hoy por mí” Y el niño: “No, no”. La niña: “Le cuento a la abuela lo del pato”. “Mi hijita, anda a hacer los oficios de la casa.” “No, mi hermano lo va a hacer hoy por mí”. Y el niño: “No.” “Le cuento a la abuela lo del pato.” Y el niño: “Bueno, sí.” Entonces la niña comienza a manipularlo y a montársele encima, y a montársele encima, hasta que el niño, aburrido de la situación, le dice a su abuelita: “Abuela, maté al pato sin culpa”. Y dice la abuela: “Yo ya lo sabía, sólo estaba esperando que me lo confesaras”. Así hay muchos creyentes. Satanás está encima de ellos usando sus caídas para avergonzarlos. Pero debemos saber que el confesar nuestros pecados nos libera de ellos; el confesar, el reconocer, el pedir perdón nos libra, y restaura nuestra comunión con Dios.

Hermanos, y en esto hago un paréntesis, para hacer una diferenciación:

* Hay pecados que son sólo ofensas a Dios.

* Y hay pecados que son ofensas a Dios y a mis prójimos.

Y según el pecado, debe ser la confesión: Si mi pecado es sólo contra Dios, se lo debo confesar a Él. Pero si yo he hecho algo contra una persona, la he maltratado, la he robado, yo debo confesarle a Dios y a la persona. Y si tengo que restituir, restituyo: “Oye, yo te robé esto, y el Señor me hizo consciente; mira, perdóname, y te devuelvo más de lo que te había robado” ¡Restitución! “Hermano, yo hablé a la iglesia en contra de ti ¡Perdóname! ¡Y como peque públicamente contra ti, así mismo restituyo públicamente, porque se lo dije a otras personas!” ¡Esto es muy serio! Según la medida y el alcance de mi pecado debe ser el de mi confesión. Una vez estaba un hermano, un obrero de Dios y había varios obreros. Se levantó un obrero frente a los otros, y dijo: “Yo no trabajo con este hombre, porque este hombre es esto, y esto…”, y habló mal del hermano frente a todos. Después, el hombre se dio cuenta que había hecho mal, y llamó al hermano para pedirle perdón, pero lo hizo en privado, y hasta el día de hoy la ofensa no ha sido sanada del corazón de los otros que le oyeron. No es suficiente pedir perdón a Dios si mi pecado ha involucrado a otros y los ha agraviado. Debe haber una confesión de acuerdo a la medida del agravio.

Así como también le dije a un hermano: “Si Ud. fue capaz de escribir una carta en contra del hermano, Ud. tiene que escribir una carta para reivindicarse.” Confesar según el pecado, es importante. Acuérdense de lo que dijo Zaqueo: “Si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado” (Lc.19:8). Eso es un principio bíblico ¡Restituir! Hay casos en que ya no se puede. Porque también los cristianos están entrando en cosas extrañas, viene el hermano a donde el pastor: “Pastor, vengo a pedirle perdón, mi papá ya murió, pero lo voy a hacer como si Ud. fuera mi papá”. Es como una regresión, una práctica ya extraña. Pero cuando se pueda, hay que pedir perdón y restituir.

Y dice: “Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados…” ¿Por qué es justo? Porque hubo un sacrificio delante de Dios.

Entonces, hermanos, el pecado daña la comunión con Dios y la comunión con los hermanos, pero la confesión las restituye.

El pecado y la disciplina

Ahora ¿Qué pasa cuando tenemos un cristiano que peca arbitrariamente, confiesa, pero sigue pecando de una manera constante? ¿Qué hace Dios con el pecado de su hijo? Porque hay cristianos que vuelven la gracia del Señor en libertinaje. Entonces, hay algo que en la Biblia se llama la disciplina del Padre para sus hijos. Aunque Dios te perdona, aunque Dios te reconcilia con Él, Dios va a tratar nuestros pecados con disciplina ¿Por qué? Porque somos hijos, y el Padre disciplina al hijo que ama (He.12:5-11) ¿Para qué? Para que no perezca como el mundo.

Entonces, vamos a ver la disciplina del pecado de un hombre muy conocido en la Biblia, el rey David. Leamos 2ª de Samuel, capítulo 11, a partir del verso 1. Esto nos va a enseñar un poco, hermanos, que definitivamente Dios no es ligero con el pecado. Dios nunca es ligero con nuestros pecados, aunque a veces nosotros lo seamos. Dice: “Aconteció al año siguiente, en el tiempo que salen los reyes a la guerra, que David envió a Joab, y con él a sus siervos y a todo Israel, y destruyeron a los amonitas, y sitiaron a Rabá; pero David se quedó en Jerusalén. Y sucedió un día, al caer la tarde, que se levantó David de su lecho y se paseaba sobre el terrado de la casa real; y vio desde el terrado a una mujer que se estaba bañando, la cual era muy hermosa”. Miren la situación: Está el rey David en una época de guerra, cuando debían los reyes salir a pelear, y David se queda durmiendo. Eso fue lo que le dijo el Señor a Pedro y a sus discípulos, cuando los puso a orar, y se quedaron dormidos. El Señor les dijo: “…el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil” (Mt.26:41). “A la verdad la carne es débil, pero también el espíritu está dispuesto.”

Hermanos, la oración es una de las maneras en la que nosotros andamos en el Espíritu y permanecemos en comunión con Dios. Inmediatamente que nosotros salimos de la presencia de Dios, nos exponemos a algo terrible ¿qué es ese algo? La carne; en la carne hay un mal terrible, una enfermedad, que muchas veces va a ser más fuerte que nosotros mismos, una ley, como la ley de la gravedad: tú tiras algo, y cae al piso. Así es el cristiano, el que no está en el Espíritu, sus miembros son atraídos al pecado. Un cristiano que no ora, que no se discipula, que no se disciplina en su caminar con Cristo, es un cristiano que va a tener problemas constantes con el pecado. Y él, en vez de estar peleando la buena batalla de la fe, está durmiendo, está en Facebook, está en Internet, está escuchando música, está viendo televisión, está haciendo cualquier otra cosa, en vez de estar en lo que debería estar; y cuando tú no estás en lo que deberías estar, eso te va a traer problemas.

Entonces salió David a la tarde. Imagínate, durmió hasta la tarde, se levantó como a las cuatro de la tarde. Así hay muchos cristianos: no oran, no leen y son perezosos. Y en la vida cristiana siempre se paga un muy alto precio por este descuido. Entonces dice que vio una mujer bañándose, la cual era muy hermosa. “Envió David a preguntar por aquella mujer, y le dijeron: Aquella es Betsabé, hija de Eliam, mujer de Urías heteo”. Le dijeron: “Esa mujer es casada”, pero, hermanos, esta carne que nosotros tenemos es terrible. Nosotros siempre damos este ejemplo: Una vez iba con un amigo caminando en un parque, y mi amigo tenía un perro, un Pitbull de pelea, con bozal, con collar. Estábamos ahí hablando y, en un momento de descuido, se le soltó el perro a mi amigo, y se le soltó el bozal, cuando en un segundo salió corriendo, y había otro perrito, se le lanzó y lo agarró del cuello, lo mordió, y esos perros que son de pelea no sueltan; le tiramos agua, le pegamos con palos, le hicimos de todo; no lo soltó hasta que lo mató. Así es tu naturaleza, la naturaleza que tú tienes en tus miembros es corrupta, hermano, y si tú le das lugar a tu carne, cuando tú quieras detener tu carne, ya no vas a poder; cuando tú ya quieras ponerle freno a tu naturaleza, ya no vas a poder, porque esta naturaleza es perversa, y es como un animal hambriento, que hasta que no se sumerge en lo más profundo del pecado, no lo suelta. Por eso es tan serio tratar con ciertos pecados. El cristiano, el hombre que tiene problemas con la lujuria en su mente, si no trata con eso, fácilmente cae en adulterio, fácilmente queda esclavo de la pornografía, fácilmente le es infiel a su esposa ¿Por qué? Porque él está consintiendo algo que no va a poder controlar. Si yo tengo una compañera de trabajo, si yo tengo una compañera en la universidad, y yo sé que es una mujer que no es creyente, a la cual me siento atraído físicamente, yo debo tomar distancia, porque si yo le suelto el bozal al perro, el perro se va, y va a caer en lo que no te imaginas. Hemos tenido cristianos, discípulos, hermanos consagrados, hombres temerosos de Dios, llorando y pidiendo perdón, porque cayeron en adulterio. Todo comenzó con una conversación en Facebook, todo comenzó con una conversación con una persona con la cual no debían conversar. Hermanos, el pecado, especialmente en esas áreas sexuales, no se le enfrenta: “No, es que yo voy a resistir”. No, hermanos, la Biblia dice: “¡Huye! ¡Huye!” Porque si tú te quedas ahí, esa naturaleza te va a traicionar, ¡Huye, lo más lejos posible, huye! en ese sentido, no debemos ser valientes, debemos ser cobardes, y huir. El pecado trae otros pecados. Entonces, cuando comienzas a adulterar, comienzas a decir mentiras para tapar el adulterio, y puedes llegar hasta el asesinato, como llegó David.

Yo vi un caso en televisión: Un joven sobrino de pastores, lo criaron como hijo, porque sus papás murieron. El muchachito creció en la iglesia y servía en la alabanza. Se consiguió una novia cristiana en la iglesia; el muchachito se enamoró de la muchacha. Como al año y medio, cayeron en fornicación y la muchacha quedó embarazada; el muchachito, para que no se supiera el escándalo en la iglesia, consiguió una amiga, y la amiga, al enterarse de que la otra estaba embarazada, le dijo: “Pues, hagamos una cosa, matémosla”. Hermanos, la mataron, la enterraron, y después salió todo el escándalo. Un pecado los fue llevando a otro pecado, un pecado nos puede llevar a otro pecado, y a otro pecado. Mire, esto es lo terrible del pecado: ¡El pecado no tiene límites!

Un abismo llama a otro abismo. Tú comienzas en Internet viendo una muchacha en ombliguera, con falda cortica; ya después no vas a querer sólo ver eso, la ves sin blusa, después sin brasier; ya después no sólo sin brasier, sino sin ropa, ya después no sólo desnuda, sino haciendo actos sexuales con un hombre; ya después no sólo con un hombre, sino con varios hombres, y te vuelves un pervertido, porque el pecado no tiene límites. Y aunque tú peques y confieses tu pecado, y Dios te perdone, muchas veces. Dios te va a disciplinar, para que entiendas lo costoso que es pecar. Muchas veces sólo la disciplina nos muestra lo costoso que es el pecado para la vida del creyente. David pecó (todos sabemos la historia), cayó con la mujer, mandó a matar al marido de la mujer. Ahora leamos lo que pasó ahí adelante en 2ª Samuel 11:26-27: “Oyendo la mujer de Urías que su marido Urías era muerto, hizo duelo por su marido. Y pasado el luto, envió David y la trajo a su casa; y fue ella su mujer, y le dio a luz un hijo. Mas esto que David había hecho, fue desagradable ante los ojos de Jehová.” A veces, nosotros creemos que podemos hacer y deshacer, y no pasa nada. Como una vez dijo un hermano: “Es como el hombre que se lanza al vacío del piso 20, y va en el 18 y cree que no va a pasar nada, pero tarde o temprano se va a estrellar contra el piso.” Así fue David, él creyó que no iba a pasar nada después de lo que había hecho, pero nuestros pecados nos alcanzan. Siempre nuestros pecados nos alcanzan.

Mira lo que hace el Señor en el capítulo 12: “Jehová envió a Natán a David; y viniendo a él, le dijo: Había dos hombres en una ciudad, el uno rico, y el otro pobre. El rico tenía numerosas ovejas y vacas; pero el pobre no tenía más que una sola corderita, que él había comprado y criado, y que había crecido con él y con sus hijos juntamente, comiendo de su bocado y bebiendo de su vaso, y durmiendo en su seno; y la tenía como a una hija. Y vino uno de camino al hombre rico; y éste no quiso tomar de sus ovejas y de sus vacas, para guisar para el caminante que había venido a él, sino que tomó la oveja de aquel hombre pobre, y la preparó para aquel que había venido a él. Entonces se encendió el furor de David en gran manera contra aquel hombre, y dijo a Natán: Vive Jehová, que el que tal hizo es digno de muerte.” Miren a David. Dios usó una parábola, pero esa parábola está hablando de David, y el mismo David es consciente de que merece la muerte. Y a veces, nosotros como cristianos, somos conscientes de que hay ciertos pecados nuestros que merecen castigo; hasta nosotros mismos nos damos cuenta: “¡Huy, Señor! ¡Tú me perdonas, pero yo me merezco como que mis buenas nalgadas, Señor, yo me las merezco!” Y el Señor sabe que lo merecemos, y tarde o temprano va a llegar y va a destapar el pecado, porque nosotros podemos tapar el pecado, pero Dios, cuando la persona no confiesa su pecado, lo saca a la luz.

Entonces, ¿qué va a hacer el Señor con David? Destaparle su pecado, pero no sólo eso, hermanos, también hay disciplina. Mira lo que pasó entonces. Sigue diciendo David: “Y debe pagar la cordera con cuatro tantos, porque hizo tal cosa, y no tuvo misericordia. Entonces dijo Natán a David: Tú eres aquel hombre. Así ha dicho Jehová, Dios de Israel: Yo te ungí por rey sobre Israel, y te libré de la mano de Saúl, y te di la casa de tu señor, y las mujeres de tu señor en tu seno; además te di la casa de Israel y de Judá; y si esto fuera poco, te habría añadido mucho más. ¿Por qué, pues, tuviste en poco la palabra de Jehová, haciendo lo malo delante de sus ojos? A Urías heteo heriste a espada, y tomaste por mujer a su mujer, y a él lo mataste con la espada de los hijos de Amón.” Y ahora viene la disciplina. David, más adelante, dice: “Pequé contra Jehová.” “Sí, Señor, yo pequé.” Y el profeta Natán le dice: “También Jehová ha remitido tu pecado; no morirás.” “Y has sido perdonado”, porque cuando confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos. Pero hay algo, hermanos, nosotros podemos medir nuestros pecados, ¿lo hago? ¿No lo hago? Pero digamos que decidí hacerlo, yo puedo medir mi pecado y entregarme al pecado como yo quiera; lo que yo no puedo es medir las consecuencias; esas las decide Dios. Tú puedes pecar, pero Dios el que mide las consecuencias que mereces. Yo puedo controlar hasta donde voy en mis actos, pero las consecuencias nunca van a estar en mis manos. Eso lo decide el Señor.

David pecó, y fue perdonado, pero ahora Dios le va a enseñar lo terrible que es el pecado a través de las consecuencias, que van a ser la disciplina de Dios para David, aunque era hijo de Él. Así, tú puedes ser hijo, y puedes ser perdonado, pero ciertamente en tu vida vas a comer el fruto de tus obras; es más, a veces estamos comiendo todavía el fruto de las obras que hicimos cuando no éramos cristianos ¡Sí! ¿No le ha pasado? ¡Y cuánto más cuando somos hijos de Dios! Entonces, como tú no tuviste temor de matar a un hombre, le dijo Natán: “Por lo cual ahora no se apartará jamás de tu casa la espada…” Mira lo serio: “Como tú no tuviste temor de matar a Urías con la espada de los hijos de Amón, tú vas a ver lo terrible y lo doloroso que es la muerte”. Entonces, mire la experiencia de David: un hijo de David violó a una hija de David; como tú violaste y abusaste de una mujer, yo te voy a enseñar lo triste y lo terrible que es que ultrajen a una mujer: un hijo tuyo (Amnón) va a violar a tu hija (Tamar); y otro hijo tuyo (Absalón) va a matar a ese hijo (Amnón), como tú no tuviste temor, y no sólo eso, el que va a matar a tu otro hijo, va a querer matarte a ti también, David. Entonces, a veces uno se pregunta: ¿Por qué tantos problemas con nuestros hijos? A veces es disciplina, hermanos; a veces vemos en ellos lo que nosotros hacíamos ¡Disciplina! Dios nos está dando a beber de lo que nosotros hacíamos ¡Y ahí sí entendemos cuán aborrecible es el pecado! Porque a veces cuando yo veo el pecado en mí, no lo veo tan malo, pero cuando lo veo en alguien cerca, ¡huy, cuán terrible se vuelve el pecado! ¡Huy, cuán terrible es verlo en mi hijo! ¿No es así? Esto es disciplina. La espada no se apartó de la casa de David, muertes terribles ¿Por qué? Porque esto fue lo que él sembró ¿Dios lo perdonó? ¡Sí! Pero la disciplina le iba a enseñar a David cuán terrible es este pecado ¡El asesinato! “…Y tomaste por mujer a su mujer, y a él lo mataste con la espada…” Estamos en los versos 10-11: “…por cuanto me menospreciaste, y tomaste la mujer de Urías heteo para que fuese tu mujer. Así ha dicho Jehová: He aquí yo haré levantar el mal sobre ti de tu misma casa, y tomaré tus mujeres delante de tus ojos, y las daré a tu prójimo, el cual yacerá con tus mujeres a la vista del sol.” Mira lo terrible: tú adulteraste con ella en lo secreto, pero yo te voy a enseñar lo terrible que es el adulterio, y tu propio hijo (porque eso lo hizo Absalón), va a tomar tus mujeres, y va a fornicar en la terraza del palacio a la vista de todos los hombres ¡Huy, hermanos, eso es terrible!

Leamos un pasaje en Oseas 4:12-14: “…porque espíritu de fornicaciones lo hizo errar, y dejaron a su Dios para fornicar... por tanto, vuestras hijas fornicarán, y adulterarán vuestras nueras. No castigaré a vuestras hijas cuando forniquen, ni a vuestras nueras cuando adulteren; porque ellos mismos se van con rameras, y con malas mujeres sacrifican…” Parafraseándolo, Dios dice algo así a los hombres que le son desleales a sus esposas: “Así como tú fuiste desleal a la mujer de tu juventud, yo te voy a enseñar algo, dice el Señor, tus hijas serán como unas rameras, y las esposas de tus hijos se acostarán con cualquiera ¿Por qué? ¿Te gusta el adulterio? Yo te voy a enseñar, con tus hijas y con las esposas de tus hijos, lo terrible que es el adulterio” ¡Terrible! ¿No les parece hermanos? ¡La disciplina es algo terrible!

Yo conocí un hombre. Un día me fue a hacer un arreglo a mi apartamento. Nosotros teníamos una vecina, que era muy bonita, y el hombre la vio, y como un animal, como un caballo relinchante, comenzó a decirle, y a mirarla, y me decía cosas de ella ¡Huy, qué hombre tan pervertido! Ni lo contraté por esa actitud de él. A los días pasé, y el hombre tiene su negocio ahí en el barrio, y la hija del hombre, una niña como de 12 años, lo más de bonita… ¡embarazada! Y me acordé de ese pasaje. ¿Para ti es muy fácil el adulterio? El Señor le está permitiendo vivir eso con su propia hija; eso enseña mucho; eso es disciplina, eso es el pago de nuestros pecados. Miren, hermanos, aunque Dios nos puede perdonar y restaurar nuestra comunión con Él, el pecado trae consecuencias terribles ¡Terribles! No sólo sobre ti, sino también sobre los tuyos. Cuando tú te olvidas del mandamiento del Señor, del temor a Jehová, ¿saben lo que decía Oseas? “Porque olvidaste la ley de tu Dios, también yo me olvidaré de tus hijos” (Oseas 4:6). Miren lo serio que es el pecado, la transgresión.

Dice (versos 12 y 13): “Porque tú lo hiciste en secreto; mas yo haré esto delante de todo Israel y a pleno sol. Entonces dijo David a Natán: Pequé contra Jehová. Y Natán dijo a David: También Jehová ha remitido tu pecado; no morirás”. El Señor no lo iba a juzgar con la muerte, pero sí iba a beber la disciplina de Dios. Hermanos, a veces la disciplina de Dios lleva un buen tiempo y hasta que no se cumpla ese tiempo, no vamos a salir de esa situación. Dios no quita su mano tratadora de sobre nosotros hasta que aprendamos la lección.

Vamos a leer el Nuevo Testamento: 1ª Corintios, capítulo 5, verso 1. Dice: “De cierto se oye que hay entre vosotros fornicación…” Porque a veces aunque las personas quieran ocultar el pecado, siempre se descubre; “…y tal fornicación cual ni aun se nombra entre los gentiles; tanto que alguno tiene la mujer de su padre”, o sea, que posiblemente se había metido con su madrastra ¡Imagínate el pecado tan grotesco! ¿Y saben que era lo peor? Que posiblemente llegaban tomados de la mano a la Reunión, y nadie les decía nada. Miren, hermanos, en la Iglesia no se puede ser tolerante con el pecado, y menos con el pecado visible. Nosotros debemos llamarle ‘pecado’ al pecado, y cuando hay necesidad de poner disciplina, hay que ponerla. Que el jovencito que tocaba la alabanza cayó en fornicación… ¡Sí, el Señor lo perdona y lo restaura! Pero hermanos, que suelte la guitarra y se siente atrás por un buen tiempo. Hermanos, no se puede tolerar el pecado, porque cuando permitimos el pecado, se cae en él. Miren, lo que dice este pasaje: “Por cuanto no se ejecuta luego sentencia sobre la mala obra, el corazón de los hijos de los hombres está en ellos dispuesto para hacer el mal” (Ec. 8:11).

Nosotros conocimos una situación: Un jovencito, el jovencito de la alabanza, novio de una jovencita de la iglesia. El jovencito entró a la Universidad y le fue infiel a la novia, con una muchacha de la Universidad. El escándalo fue mayor, porque la familia de la muchacha se metió en un problema con la familia del muchacho. Pero nadie nunca le dijo nada al muchacho ¿Saben qué pasó? El hermano de él cayó en lo mismo; porque cuando no se sientan precedentes en cuanto al pecado, los que están detrás lo siguen cometiendo. Por eso es tan terrible cuando un pastor cae en adulterio. Aunque el Señor lo perdone, ese hombre no debería volver a pastorear por mucho tiempo, si es que prácticamente no ha perdido su ministerio, porque el pastor debe ser irreprensible. Entonces, si cae en adulterio, y se vuelve a poner ahí, de alguna manera eso va a marcar la mente de las personas que están ahí, y van a ver el adulterio como algo no tan grave, y se van a desenfrenar en ese pecado ¿Sí ven lo terrible? Entonces hay que corregir el pecado, y debe haber disciplina cuando en la iglesia sale a la luz un pecado como ese; no todos, pero hay pecados que sí merecen disciplina, y más en las personas que son visibles: predicadores, ministros… Los que sirven deben tener una vida irreprensible.

Y dice: “Y vosotros estáis envanecidos ¿No debierais más bien haberos lamentado, para que fuese quitado de en medio de vosotros el que cometió tal acción? O sea, tal pecado debió haber traído un lamento en la iglesia, y un lamento tal que debiera haber puesto de lado al hermano. Pero mira lo que dice: “Ciertamente yo, como ausente en cuerpo, pero presente en espíritu, ya como presente he juzgado al que tal cosa ha hecho. En el nombre de nuestro Señor Jesucristo, reunidos vosotros y mi espíritu, con el poder de nuestro Señor Jesucristo, el tal sea entregado a Satanás para destrucción de la carne…” ¡Ah, es que al hermanito le gusta pecar con la carne! ¿Sí? Le gusta usar su cuerpo para pecar. Entonces, vamos a hacer una cosa, dice Pablo, vamos a orar juntos y vamos a dejar que la carne de este hombre sea puesta en manos de Satanás. Mira lo serio, a veces vienen enfermedades terribles, en este caso por un adulterio.

Yo leí el caso de una mujer, esposa de un siervo de Dios, que un día le pareció muy fácil rebelarse contra su esposo, y abandonarlo, y le dijo: “Yo me voy, porque estoy cansada del ministerio” ¿Saben que hizo? Se fue a otro país. Cuando llegó al otro país, le dio una enfermedad en la piel. Ella dice: “Parecía un monstruo, hermanos.” Y le dijo al Señor: “Señor, ¿por qué me pasa esto?” Y el Señor le dijo: “¿Dónde está tu esposo?” Uno cree que puede hacer y deshacer, sin que Dios actúe, pero hermanos, Dios es serio con el pecado de sus hijos y, a veces, lo trata severamente. Cuando la hermana volvió, el Señor al tiempo la sanó, no fue de la noche a la mañana. Y decía la hermana: “Ahora pase lo que pase, nunca voy a dejar a mi esposo” ¿Por qué? Porque la disciplina nos enseña a temerle al Señor, a no ser ligeros; cuando tú sientes el varazo de Dios, vas a pensar mejor las cosas, porque la disciplina trae temor. A veces lo que el niño necesita es disciplina, vara, para que aprenda a obedecer y a respetar. Así es Dios con nosotros. Lo que necesitamos a veces es disciplina, vara, para que aprendamos que no podemos ser tan ligeros como queremos. Entonces a éste, por su pecado, Dios lo entrega a Satanás, y Satanás no tiene piedad de una persona. Satanás quiere matarnos y, a veces, Dios le permite hasta cierto punto. Pero mira no es para condenación, si bien él va a ser salvo, pero Dios necesita tratarlo. Y dice: “… el tal sea entregado a Satanás para destrucción de la carne, a fin de que el espíritu sea salvo en el día del Señor Jesús. No es buena vuestra jactancia ¿No sabéis que un poco de levadura (un poco de pecado) leuda toda la masa?” O sea, que cuando se toleran esos pecados, ese pecado tiene la capacidad de manchar toda la iglesia ¿Ud. ha visto? Poca levadura hace que la masa se leude; eso hace el pecado cuando no es corregido en la iglesia. Mira lo que dice más adelante, versos 9 al 11: “Os he escrito por carta, que no os juntéis con los fornicarios; no absolutamente con los fornicarios de este mundo, o con los avaros, o con los ladrones, o con los idólatras; pues en tal caso os sería necesario salir del mundo. Más bien os escribí que no os juntéis con ninguno que, llamándose hermano, fuere fornicario, o avaro, o idólatra, o maldiciente, o borracho, o ladrón; con el tal ni aun comáis”. Mira lo serio que dice la Palabra. Uno no sólo debe tener una actitud seria hacia nuestro propio pecado, sino también, si tú ves que hay un hermano, que alaba al Señor, pero está en adulterio, no te juntes con él; o es un borracho, o a toda hora anda diciendo groserías, o todavía participa en una religión pagana, mantén la distancia, porque aunque dice que es creyente, seguramente no lo es, y mancha.

Una hermana tenía su hija, y su hija tenía dos niños. Ella era una mujer rebelde al Señor, y vivía en adulterio, y todo. Y la hermana, por ayudar a su hija, le cuidaba los niños, entonces la mujer se aprovechaba: se iba a bailar, llegaba tomada, era irresponsable con los hijos. Y un día, el Señor le dio un sueño a esta hermana: La mamá estaba dándole de comer a alguien, y se acercó un indigente, sucio, y comenzó a comer de la comida que estaba dando la mamá; y cuando comenzó a comer, el indigente comenzó a levantarse contra ella ¿Saben qué le dijo el Señor? Le dijo: “Esa es tu hija. Tú permites el pecado de tu hija, tú toleras el pecado de tu hija, y ella se está robando muchas de las cosas que deberían de ser para mí” ¿Por qué? Porque ella estaba tolerando el pecado de su hija, que era rebelde contra Dios, y estaba permitiendo que esa hija rebelde ensuciara su casa ¿Sí ven lo serio que es? A veces tenemos que cortar, así sea con un familiar, porque el pecado siempre trae mal. Miren, nosotros teníamos el caso de una hermana, que su hijo era un ladrón, un hombre de 30 años. Le dijimos: “Sáquelo de su casa, hermana” Ella respondió: “No, pero cómo voy a sacar al niño”. El “niño” de 30 años era un ladrón, hasta que terminó en la cárcel; y ahí sí, llora y llora, pero miren lo terrible: ella le guardaba las cosas robadas. Hermanos, nos hemos vuelto a veces tan ligeros con el pecado, que lo permitimos en sus muchas facetas.

Una hermana nos contaba que un día le llegó su hijo como de 12 años con una grabadora que se había “encontrado.” Y ella se dio cuenta que era una mentira y sacó un palo, y le dijo: “Ahora me explicas de dónde sacaste esa grabadora, si no te doy con esto y que te corre piernas arriba.” El hijo no le supo explicar ¡La que se ganó ese día el muchacho! Nunca más le volvió a llegar con algo robado a su casa. Pero a veces toleramos el pecado. A veces los papás permiten el pecado en sus casas. Hay que tener mucha seriedad con el pecado “…porque la paga del pecado es muerte” (Ro.6:23), y muerte espiritual.

Terminamos, diciendo: Hemos sido justificados para siempre por el único sacrificio del Hijo de Dios. Y si en algún descuido pecamos, la sangre de Jesucristo puede limpiarnos, claro, si confesamos nuestros pecados. Pero no debemos usar la gracia del Señor como libertinaje, si no obtendremos las consecuencias de la disciplina de Dios.

Pablo David Santoyo

© EDICIONES TESOROS CRISTIANOS

 


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Última actualización el Viernes, 04 de Agosto de 2017 11:59